BLOG | Los Pescados – Cuenca / El Camello

14 de noviembre 2012 -

Cuenca

Por Juan Fernando Andrade

Esta canción salió durante un jamming eterno en el cuarto de ensayo de las Vírgenes Violadoras, la banda post-punk guayaquileña. Supongo que estábamos preparando algún concierto porque habíamos pasado varios días yendo a esa guarida húmeda en el centro, reencontrándonos con el repertorio y con nosotros mismos.

Yo soy muy básico y no tengo problema con tocar la misma canción todo el día si hace falta: creo sin reservas en el arte de la repetición. Nelson, en cambio, necesita cambiar de frecuencia cada tanto y a veces, sin que haga falta anunciarlo, improvisa entre canciones para romper el rigor del ensayo. Durante esas improvisaciones yo trato de descubrir a tientas por dónde va la cosa y hacerme un lugar dentro de la idea. Por lo general tocamos sin mirarnos, tratando de presentir las variaciones (muchas de ellas totalmente predecibles en el lenguaje de la banda), y sólo cuando hemos encontrado un interés común entre la guitarra y la batería alzamos la frente, nos miramos y decimos esto está bacán, ¿qué sigue?

Así, después de cinco o diez o puede que hayan sido incluso quince minutos dando vueltas por todas partes, frenando y acelerando, dimos con la sección dance de la canción y el resto, intuyo, fue buscarle un cuerpo más rockero a esa extremidad casi techno. En el resultado se mezclan las estrofas con onda Foo Fighters, el coro noventero con arpegio y agresión, un paréntesis corto y pesado que Toño Cepeda, el productor, tuvo a bien llamar “esa parte Black Sabbath” y el final embalado que es prácticamente un plagio de los últimos treinta segundos de Review Mirror, una canción de Pearl Jam que tocábamos cuando estábamos en el colegio.

Antes de entrar al estudio, Toño nos obligó –gracias al cielo– a grabar ensayos para pre-producir las canciones. Desde entonces supimos que Cuenca tendría más trucos que cualquier otra. Queríamos que cada parte tuviese muy clara su identidad, doblar varias guitarras para endurecer las estrofas y jugar con sintetizadores para reproducir la sensación térmica de una disco en ebullición. Nelson tuvo que abandonar su método usual de trabajo, tocar notas graves y agudas al mismo tiempo, para grabar todo por separado y rearmarse como guitarrista en la mezcla. Grabar es como desdoblarse, bajarse del escenario, abrirse de la tocada, y verse a uno mismo con los ojos de otro.

La letra la escribimos en Portoviejo, al regreso de un concierto con Los Niñosaurios en Cuenca. Fue una noche memorable. Tocamos al aire libre y la plaza estaba llena. Tomamos pecho amarillo para calentar y en el after que se prolongó hasta el amanecer hubo almas caritativas que repartieron ácido, Dios las bendiga. Cuenca es una de nuestras ciudades favoritas, la gente que va a las tocadas realmente escucha, realmente aprecia, y está pendiente del trabajo que cada banda haga entre show y show. Por debajo de ese manto conservador cosido con retazos de alcurnia y buenas costumbres está la ciudad de la furia, un lugar que se quema y que siempre tendrá una nueva canción para mostrarte. Nuestros amigos cuencanos que son músicos tienen como tres bandas por cabeza, cada una en un género distinto, y uno puede atravesar la madrugada hablando de música.

Quisimos escribir una canción sobre los días on the road, sobre el jet lag de vuelo doméstico producido por la falta de sueño, la acumulación de kilómetros y los excesos del cliché. Esa casa con minibar de la que hablamos es el Hotel Cordero y nuestros vecinos son Los Niñosaurios. No puedo entrar en detalles porque ni yo estoy para contarlo ni mucho menos ustedes para saberlo. Cuenca era una fiesta.

CUENCA