octubre 9, 2020

Pedro Bonfim. La desesperada vanguardia de un niño-hombre

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Pedro Bonfim Salgado nació el 18 de marzo de 1996, a las 22:23, en Quito. Cuenta que a los 10 años inició una novela sobre la revolución cubana que no superó las tres páginas. Nunca la terminó; no tuvo hermanos y nunca podrá olvidar a Guayaquil, ciudad en la que mantuvo una vida dispareja mientras aprendía de ella a caídas. Este perfil se escribió entre mayo y octubre de 2020, con experiencias de 2018 y 2019. Es el resultado de un diálogo honesto sobre crisis, desplantes y las ideas desordenadas de un ecuatoriano.

Texto: Adrián Gusqui

Suenan silbatos, bocinas y gritos crípticos en la Av. 9 de Octubre, en Guayaquil. Pedro se levanta como un gato de la mesa donde comemos un chaulafán de $2 que me recomendó esta noche. Sale del local y deja el chaulafán a medio comer; lo acompaño a la vereda y él saca su celular como instrumento de documentación. —Qué suerte que tienes— me dice, con esa ironía despechada de su voz. Observa con atención qué pasa. Se queda así unos minutos, hasta que ve algo en la calle que le llama la atención y usa el celular para fotografiarlo.

Es un mensaje en contra de la marihuana dibujado en un cartel. Vuelve a la vereda y sigue viendo, junto a mí, una manifestación provida a las 21:00 en la avenida más importante de la ciudad.

—Todo pasó tan rápido, pensé que era una marcha de barcelonistas y terminó siendo una protesta evangélica, provida y contra la marihuana— recuerda en una de las cinco videollamadas que tuvimos entre mayo y junio de 2020.

Regresamos a los diez minutos a acabarnos el plato de chaulafán, casi con el mismo gusto con el que lo dejamos. La manifestación sigue extendiéndose en la avenida mientras arroja algunas oraciones sobre que “esto está mal” en lo que resta de merienda. Yo asiento con cierta complacencia, no por lo que dice, sino porque realmente no entiendo qué hago esa noche comiendo chaulafán y no un encebollado, como se lo comenté antes de vernos.

Cada quien paga su plato a una mujer asiática que grita a sus cocineros las órdenes de los clientes en un pésimo español. Salimos y la manifestación sigue, con más celulares atreviéndose a documentarla. Caminamos con una falsa indiferencia, mientras un auto, que se suma al gentío, transporta a niños en el techo sin ninguna seguridad. Pedro ríe acostumbrado, como si ya lo hubiese visto antes. “Guayaquil cambia en un segundo”, me dirá 10 meses después de esta cena.

La noche era un viernes, el 16 de julio de 2019. Una hora después estamos sentados en una plaza al lado de la Iglesia de La Merced, hablando de amoríos, en un Guayaquil que divide su noche entre gente sola que regresa a su casa y otros que se reúnen en grupos para terminar el día. —Tienes que hacerte verga en el amor para aprender— me dice. Hablamos sobre su amor a distancia de ese momento. Yo también le cuento del mío que, para justicia de la conversación, es guayaquileña. La plaza se llena de estudiantes nocturnos que desaparecerán según avanza la oscuridad.

Hablamos de amor en julio de 2019 y en todas las veces que nos vimos. Era el único tema en que a veces el entrevistador era él.


“El amor es lo más hermoso que hay”, dirá luego, también diez meses después. Hablando de él como si fuera política, sin ensuciarse, pero sabiendo cómo es.
Nos vamos de la plaza. La noche está dispersa. Camina con un objetivo que no menciona y solo responde con que “es un tour”, cuando la Av. Rumichaca va quedándose a oscuras. “Ahí murió León Febres Cordero (…) En esta calle venden hache. Mira, ahí están: en la verga” —no los señala—, “las empanadas de ese local son buenas” —se queda quieto para elegir otra calle, no elige—, “esta es la Bocachico” —aquí no hay nada interesante, pero le parece importante que alguien más lo sepa—, “con esa pantaloneta te ves full serrano”, me increpa.

Presume su experiencia en Guayaquil con señales en su forma de retratar la ciudad. Es una suerte de guía turístico.

Guarda una apariencia encorvada y confiada mientras atraviesa la pesadez nocturna de la 9 de Octubre. Tiene cara de niño, de un niño-hombre con camisetas que le regalan aire para que aproveche su autoestima.

Pero se nota que, en buena medida, es un mojigato.

Se mudó a Guayaquil para estudiar Literatura en la Universidad de las Artes, después de que sus ansias por irse de Quito convencieron a su madre. Llegó a una ciudad que nunca conoció, a excepción de un viaje familiar que lo obligó a quedarse una hora en ella. Años después la abandonaría entre lágrimas.

Esta historia podría iniciar ahí mismo: en Guayaquil. Tal vez. Debería. También puede iniciar en cómo se conocieron sus padres en España, o en el paro de taxistas que hubo cuando nació, o en esa vez que ensayaba frente a la hija de Rafael Correa, o cuando formó a Lolabum. Puede arrancar desde ayer, que me escribió para decirme que los dinosaurios deben desaparecer. Pero empezará en el San Valentín de 2020.

Pedro Bonfim

Ese San Valentín del 2020. Foto: Adrián Gusqui.

Han pasado siete meses desde aquella noche de la manifestación. Es 14 de febrero y va a lanzar el disco solista Soy un detective subido en un burro. Quiere que lo entreviste. No hago ninguna pregunta, voy a la suerte. Como las últimas seis entrevistas que tuvimos.

A juzgar por el tiempo es como el día que nos conocimos. Tiembla y ve a todos lados. Solo que ahora está apresurado y no mira al piso. Luego supe que esos días salió de una crisis —seguía en ella—.

Le gusta estar así: al borde del colapso, porque sabe que no puede colapsar. Es algo acostumbrado en él, esto de ir al límite. De vivir en la suerte de los hechos y no morir antes de nacer.

En este San Valentín está rajado, en modo “duelo”. Algo que nunca entendí. Tiene esta esencia de jugar con el misterio y no saber de qué trata hasta que llega a sus últimas consecuencias, un consejo que el cantante ecuatoriano de pop, Maykel, le fortalecería unos meses antes en una reunión de músicos nacionales.

Sin embargo, este día, este disco, esta crisis y esta actitud sí se deben a alguien. A una mujer que, dice: “por un momento pensé que éramos la misma persona”. Recuerda al motivo del disco como un terremoto, de ese tipo de personas “que quieres que te destruyan”.

Cita una frase para explicar por qué buscamos a esas personas: “el vacío llama y te invita a que caigas”, dice ofuscado y convencido de que así eran las cosas con esa mujer-excusa.

En mayo de 2020 me dice que odia la figura ornamental de Kurt Cobain en sus colegas. Al hablar de esto niega la idea romántica que lo pinta como un personaje triste y moribundo:

—Lo último que quiero es matarme. Firmemente rehúso a matarme, como gesto político, me rehúso a matarme.

Le mando un voicenote de él soltando estas palabras un mes después de decirlas, escucha y me dice que “es un exagerado”. Suele contradecirse seguido. Aun así, lo dice alguien que casi muere cinco veces antes de nacer (incluyendo su primer día de vida), por dos amenazas de aborto, una apendicitis de su madre en pleno embarazo, el ahorcamiento de su cordón umbilical y el casi ahogamiento con su vómito en la termocuna.

Nació en el invierno de Quito, aunque en su primer día no llovió en la ciudad. Tuvo un solo nombre porque sus padres creyeron que un segundo lo convertiría en un galán de telenovela. “Fue una época bastante de mierda, mi viejo no estaba… llegó después. Mi mamá no se casó, mi abuelita se enojó por eso. Por suerte mi mamá no era tan joven, tenía mi edad”. Antes de Pedro hay otro encuentro entre distancias, uno que él cuenta como si quisiera que le pasara alguna vez. Es la de sus padres y cómo ni el mar puede hacer efecto en los necios.

* * *

David y María se conocieron en España. No son sus nombres reales: Pedro prefiere el anonimato. Ella viajó tras la muerte de su padre en un accidente automovilístico, él lo hizo luego de la caída de la dictadura en Brasil. Coincidieron gracias a una beca de Pedagogía que se realizaba en ese país.

“Mi viejo venía de un entorno muy humilde y estaba decidido a salir de ahí. Creo que lo logró porque era hombre. Mis tías, algunas, ni terminaron la primaria; mi papá fue el único que estudió hasta el final. Mis papás se conocieron en España, vacilaron cuatro meses y se despidieron para siempre, porque mi mamá le dio mal su número. No sé bien cómo volvieron a contactarse, pero ella le contó que estaba embarazada. El plan inicial era que mi mamá se fuera a vivir a Brasil, pero al final mi papá vino a Ecuador porque no tenía dinero para el pasaje”, recuerda Pedro.

Hijo único, Pedro creció con su madre. Vivieron primero en un departamento en La Mañosca, luego en El Inca, y más tarde en Ponceano, el barrio que lo marcaría para siempre. “Siempre fuimos mi vieja y yo. Ella trabajaba todo el tiempo y yo era ‘silvestre’, hacía mis cosas solo. Mi papá se fue a Brasil cuando yo era pequeño, lo recuerdo subiendo a un bus de la Panamericana que paraba en la Colón. Para mí fue como que se iba ‘para siempre’”.

A los nueve años viajó a Brasil para conocer a su familia paterna. “La mitad de mi vida está allá, pero recién de grande me reconcilié con eso. Mi papá ahora vive en Salvador de Bahía, en Capão Redondo, una favela. Me enteré hace poco, buscando información sobre favelas. Él trabaja desde niño; hace un mes me mandó una foto suya de cuando tenía 14 años, ya pagando impuestos. Mi abuela fue sirvienta en una casa, historias que me cuesta racionalizar porque no crecí allá. Igual, él ha intentado tener una relación real conmigo. Es suerte, pudo haberse desentendido, pero no lo hizo”.

De su padre heredó la música. “Pensaba que muchas canciones brasileñas eran de mi viejo porque las cantaba él. En la época de Tristes Trópicos redescubrí la Tropicália y entendí que la cultura no es algo fijo ni único. Aquí se piensa que lo ecuatoriano es solo folclore, y esa mirada cierra puertas. Cuando crees que la cultura es estática, terminas creyendo que la gente también lo es: buenos o malos, blanco o negro. Eso es fascista. Por eso me incomoda ese imaginario homogéneo de Latinoamérica, esa folclorización. Mi abuelo era negro y no necesito justificarlo en mi música; yo nací y crecí en Quito. Los símbolos que supuestamente nos definen como ecuatorianos me parecen obsoletos y vacíos”.

Aunque Pedro contempla vivir en Brasil, reconoce que también quiere aportar aquí. “Siento que tengo genealogía allá, mis muertos, mis vivos. Pero también creo en este país y quiero ayudar a un mejor panorama. Esa tensión me ata”.

Sobre ser hijo único, dice: “Me acostumbré a hacer todo solo. Eso me ayudó a no depender tanto de un acolite. A veces creo que mi vieja fue ese cómplice. No me pesa mucho la familia, más bien me da rechazo. No quiero cargar con qué pensarán de lo que hago. Ni saben que hago música”.

En la broma y la memoria aparece su padrastro cubano, que entró a su vida cuando tenía ocho años. “Es comunista, vivió la Revolución Cubana, vio al Che. Tiene 76 años. Eso también me marcó”.

Su madre, profesora, trabajaba en el colegio donde Pedro estudió: el Pachamama, espacio donde conoció a quienes serían sus compañeros de escena. Allí también empezó a hacer teatro. Su amigo Estevan Ricaurte lo recuerda como un chico intrépido y siempre dispuesto a llamar la atención.

“Creo que lo que la gente odia de mí es que hablo demasiado y tengo opinión sobre todo”, reconoce. Pero se asume común: “Soy clase media quiteña. No soy calle, tuve una vida normal. Me cabrea cuando dicen que lo alternativo es para gente de plata; yo he visto lo contrario”.

La cercanía al trabajo de su madre lo convirtió en un obrero de la música. “No me va eso del músico que hace cosas ‘cuando quiere’. Yo pienso que, si mi vieja se mata trabajando, yo también debo hacerlo. Hay que asumirlo como un trabajo diario”.

Consciente de sus privilegios, Pedro busca que no sean un requisito para dedicarse a la música. En 2017 grabó un disco en cuatro horas. En 2020, en plena pandemia, sacó dos.

* * *

Si Wikipedia pudiera programar su biografía musical, arrancaría a los 13 años con el Windows Movie Maker en la vieja computadora de su madre, con pinzas de oficina que sujetan la pantalla porque estaba rota. Allí compuso sus primeras canciones, que nunca exportó por falta de inglés. También grababa en un MP4 Titán, donde descubrió a Bowie y a Pink Floyd.

A los 14 ya metía voz a sus canciones, “algo entre Kevin Johansen y John Lennon”, dice. De ese tiempo rescata Jardín, del disco Quisiera verles bailar con esto, escrita en la casa de Estevan. Recuerda también sus intentos fallidos de sonar como Arctic Monkeys, Sal y Mileto o Extremoduro.

Entre risas confiesa que grabó durante años con un micrófono de plástico incluido en un teclado barato. “Era malísimo, pero me cambió la vida”. Ese espíritu experimental lo marcó: “Nunca quise ser virtuoso, solo hacer lo que quisiera”.

Y, entre recuerdos y maquetas olvidadas, asoma la voz de un adolescente que a los 14 años escribió:

“estoy lejos de casa y
no tengo mucha plata
sólo tengo 30 centavos,
pero eso basta” *

*Pedro Bonfim, de una canción nunca publicada.

—¿Cómo era el Pedro del colegio?

—Tímido. Mi colegio era aniñado y había gente de verga. Viví esa experiencia turra de que si alguien es más blanco, es mejor. Me empezó a crear mucha inseguridad. Era bajito, no me desarrollé rápido, además no era “el guapo” o tuco, y eso hizo que me retraiga y tome rechazo a muchas cosas. En sexto curso me convertí en un odioso. Me volví un cliché. Decidí ser un intelectual. Me volví loco, era el tipo ‘eres arte’, poco a poco me di cuenta de lo malo de eso. Sentí esto de ser único y diferente y empecé a cumplirlo. Al final provocó que no pudiera disfrutar de un montón de cosas. Ni siquiera iba a ir a mi fiesta de graduación porque había que pagar. Pero al final un amigo me llevó de invitado con más amigos de afuera del colegio.

Pedro Bonfim

El 2010, junto a Estevan Ricaurte o ‘Esmarive’. Tomada del Facebook de Ricaurte.

El dormitorio de Pedro siempre estaba desordenado, a tal punto que una vez unos ladrones entraron a robar la casa donde vivía y no le robaron nada del cuarto por el estado en que estaba. Vivía tan lejos de sus amigos que el único que iba a verlo a Ponceano era una persona: Estevan Ricaurte, o ‘Esmarive’.

—Estuvimos un par de años en la escuela y no éramos muy cercanos porque él era más cool que yo. Nos hicimos ñaños cuando él se fue del colegio y lo empecé a ver afuera— dice Pedro sobre Estevan. Aunque en la escuela Ricaurte lo conoció gracias a una novia que lo evitaba porque se corría el rumor de que tenía piojos.

De hecho, se hicieron amigos porque Pedro estaba trabajando en su primera banda y no tenían bajista, pero Pedro sabía que el hermano de Estevan tenía un bajo. Lo sabía porque antes de eso habían hecho un grupo en el colegio para una exposición sobre Star Wars.

—Lo llamé y le dije: ¿quieres ser bajista? En el ensayo le dije que ponga los dedos aquí y aquí. Aprendió ese día a tocar el bajo. El man, a los tres meses, ya estaba tocando canciones. Todo era bien salvajito porque en realidad nadie sabía qué estaba pasando—recuerda Pedro, contando que tocaban con un amplificador de $15.

En una llamada con Estevan, él me dice que esa tarde fue mágica: “después de eso supe que quería hacer música”.

—¿Eres músico gracias a ese ensayo con Pedro?—pregunto. Me dice: ‘sí’.

Pero esa banda no era Lolabum.

Pedro sabía tocar esos acordes de bajo por David Bonilla, uno de sus primeros profesores.

—Él vivía en el sur e iba hasta Ponceano a darme clases, pero más que clases, el man llegaba y me preguntaba qué canción quería aprender y me enseñaba una de Los Beatles, y yo quedaba como que ¡arrecho, qué arrecho!

Bonilla era el dueño de La Estación, un bar en la capital a donde Bonfim iba para recibir clases cuando su profesor no podía darse el viaje a Ponceano. “Yo a veces me quedaba a los conciertos de noche y, obvio, no podía quedarme porque era menor de edad, pero me acolitan full para que me quede viendo. Él tenía una banda de jazz gitano… yo me sentía un arrecho teniendo 15 años con gente alrededor, tomando y hablando de cosas intelectuales, sin entender un carajo. Él me enseñó lo poco de teoría que sé. Era un tipazo con las preguntas que le hacía. Decía que era mi padre prostituto”.

Esa banda que no fue Lolabum duró cuatro ensayos. En el colegio, Bonfim también conoció a Jim Fabre y Damián Segovia, con quienes tuvo una banda fugaz y compuso dos temas: ‘Osito’ y ‘Sólo por ser gamín’. Conoció a Fabre en el recorrido del colegio. Le preguntó en supletorios de Química si se sabía canciones de Sal y Mileto, y “se sabía toditas”, recuerda que le dijo.

Jim y Damián estuvieron con él en el coro del colegio, que lo dirigía Gabriela Varea, hermana del fallecido pintor Miguel Varea. Ahí aprendió que le gustaba cantar. “Yo decía que odiaba cantar, pero en realidad lo amaba, pasaba horas cantando en mi cuarto, solo cantando y cantando”.

De hecho, Gabriela fue la primera en recibir un disco de Bonfim. Pedro quemó un CD con 10 canciones propias y se lo dio clandestinamente porque, según él, “no quería que le dijeran que es un lameculos”. El feedback de Varea fueron varias hojas, con especial atención en cada una de las canciones. Luego entró al coro después de clases. No comía por ir a la sala de coro y tocar un piano Yamaha que estaba encajado en la pared. Le parecía sorprendente que un piano pueda ser tocado con más de tres teclas y provocar tantos sonidos. Además, temía que no cantara como hablaba y llegó a pensar que lo confundirían con playback.

—Pero, ¿por qué te gustaba realmente hacer música?

—Siempre hubo ganas, fue una cosa que siempre me atrajo, es una cosa loca cantar.

Esas ganas se pueden fundamentar en una banda de ska y bossa nova que su padre tuvo cuando vivió en Ecuador. Lo llevaba a los ensayos, pero solo recuerda los viajes en bus y que las canciones sonaban a la Rocola Bacalao. Cuando su padre se fue del país, le enviaba discos, casetes, golosinas y dibujos por correo, como símbolo de que todavía estaba pendiente de él.

Pero, tras eso, tampoco inició Lolabúm.

Lolabúm comenzó cuando Pedro estaba en sexto curso, “en algún punto de los 17 años”, dice. «Los Pilotos Ciegos» fue la banda predecesora, conformada por Gabriel Valenzuela, Estevan, Eva Rivadeneira y Bonfim, quienes produjeron canciones ahora abandonadas en SoundCloud.

Escúchala acá.

Pedro recuerda que, en su cabeza, estaba muy claro que Lolabúm era ese tipo de bandas que a los seis meses decían ‘chao’. Pudo pasar, pero entró Martín Erazo.

—Nos gustaban las canciones, eso era una bestia. Nos encantaba la música que hacíamos. Éramos nuestros más grandes fans. Estábamos felices de hacer la música que hacíamos y creo que eso es lo que nos mantiene vivos. Y yo tenía esta obsesión de grabar el disco de Lola porque quería que existan estas canciones. Mi plan era que salga ‘El Cielo’ y se acabe Lolabúm. Es que, puta, yo soy así. Mi plan también era sacar mi disco de solista y que se acabe la música. Medio que ya no me creo cuando algo es lo último.

Pero la banda —que toma su nombre de la costumbre de una novia que tuvo Bonfim de nombrar a las partes de su cuerpo, en este caso a su oreja como Lola— se convirtió rápidamente en una relación a distancia y un infierno para alguien que todavía no sabía liderar un proyecto.

A Bonfim le costaba el liderazgo, lo confundía con un duelo de egos. Cosa complicada en una banda de amigos. Llegó a pensar que le quitaba espacio a Estevan si él mismo componía canciones. “Empezamos a valer ‘verch’”, me dice. Pero de entre ese ambiente, que poco a poco se fue mejorando, entraron al circuito y ya tenían conciertos. “Tocábamos una vez al mes. Tocábamos muy mal, nos valía ‘verch’. No éramos nada prolijos; por mucho tiempo no éramos conscientes de las estructuras, sino que yo les regresaba a ver para decirles que ahora era el cambio. La persona que nos hizo empezar a pulir las cosas fue ‘el Camaleón’”.

La conexión con Felipe Lizarzaburu, conocido como ‘el Camaleón’, se concretó cuando Estevan —un gran fanático de La Máquina Camaleón— le envió el primer disco de Lolabúm. Un trabajo que grabó Pablo Dávila, de Tonicamo, antes de que María Elisa, la baterista de ese entonces en Lolabúm, se fuera del país.

—Me habías dicho que lo conociste en Guayaquil.
—Sí, él estaba de reemplazo del tecladista de Alkaloides. El man acababa de lanzar ‘Roja’ hace pocos meses. Yo, en ese momento, caché que era bueno en negociar, porque se acabó Alkaloides y salió con un fajo de discos y empezó a lanzarlos, y yo agarré uno. De hecho, la copia que tengo de ‘Roja’ es esa. La Máquina no era tan conocida. Ya en Guayaquil nos hicimos panas, comenzamos a hablar más y, cuando nos invitaron para tocar con Monsieur Periné, nos dijo que debíamos ‘sonar bien’ (…) Vino en realidad a un ensayo y en ese entonces tocábamos con una baterista que se llamaba Mica, con quien tocamos seis meses. De ahí él comenzó a venir. Se fue la Mica y entró el Jim, y ahí nos empezamos a preocupar en sonar bien, que era 2015.

Lizarzaburu fue el guía de Pedro para no volverse loco. Según Pedro, sin Felipe “Lolabúm no hubiese pasado”.

Antes de grabar ‘El Cielo’, Pedro describe el proceso con dificultad: “La banda no me respondía los mensajes como en un mes y yo quería grabar el disco. Todos estaban con una actitud de verga, éramos chamos, teníamos como 18. Me acuerdo que le escribí vuelto loco a Felipe, de que la banda no me paraba bola, que quería solo sacar ese disco y volverme solista…”

Felipe le dijo que se calme: “saca el disco y mira qué pasa”.

Y lo sacó.

—No me importa tanto con quién estemos asociados… mis mejores socios son los fans. Siempre lo han sido; son los únicos que nos han apoyado. Hemos tenido que abrirnos paso entre la gente. ‘El Camaleón’ nos acolitó y todo, pero no es que iba a ser nuestro padrino y yo tampoco quería un padrino. Los únicos que siempre han estado son los fans, manes que nos ayudan a comunicar… vemos las estadísticas y sabemos que son usuarios que escuchan porque quieren.

* * *

‘Tristes Trópicos’ llegaba tras años de la propuesta de niños-Radio COCOA que se formó alrededor de Lolabúm. Se venía un proceso personal y externo. La banda y Pedro habían crecido. La soledad de Guayaquil, los amores a distancia, el boom de la banda y vivir más de un año con un proyecto que no daba ni seis meses servirían de algo.

Y aquí es donde entra Guayaquil, Tristes Trópicos, las imágenes de Vélez y Escobedo, y el 2016.

* * *

Pedro Bonfim

Momentos de Lolabúm en el escenario del Funka Fest del 2019. Foto: Adrián Gusqui.

Tiene un ‘13’ en la dorsal de una camiseta rosada. No le gusta mucho el fútbol, pero dice que en sexto curso era un mediocampista goleador y que fue hincha de tantos equipos que ya no resuelve muy bien esa fidelidad futbolera.

Lleva el ‘13’ porque el 13 de julio de 2018 salió Tristes Trópicos. Terminaba de tocarlo en el Malecón 2000, en el Funka Fest de 2019, con un performance que muchos recuerdan por la gravedad del discurso, donde se convencían de qué era lo que quería Lolabúm en esta nueva etapa.

En ese Funka Fest lo saludo y le pido una foto. Han pasado tres meses desde la primera vez que lo entrevisté. Está feliz y camina con la banda hacia el escenario. Ni parece que hace una hora se puso un bigote colorado sobre el escenario para fingir que era Jaime Nebot, en un evento organizado por el Municipio de Guayaquil, hablar sobre la hache y decir a cientos de adolescentes que “León Febres Cordero fue un asesino”.

—¿No tuviste miedo?

—No, yo creo que somos intrascendentes y por eso podemos hacer lo que sea —dice, refiriéndose a los músicos del circuito alternativo.

—¿No hubo alguien que te buscara luego del concierto?

—En el Funka estaba la ministra de Turismo, parada al lado de la consola. Comenzaron a pedir que apagaran la consola, que me bajara…

—¿Por qué?

—Es que hablé bastante rato, debí ser más eficaz. Los manes que estaban poniendo el sonido fueron a la consola y se pelearon con Felipe Andino para que apagaran todo, y el Feli dijo que ‘no’, que no iba a parar. Les dijo: ‘libertad de expresión, mijos’. Por eso pude decir todo y seguir tocando.

Pero eso no habría pasado en 2016, con canciones que para Bonfim “eran cojudas”. “Puedo decir cualquier verga política, pero ¿luego qué toco?, ¿toco Crystal?”. Tristes Trópicos lo validó y lo hizo sentir cómodo. La interrogante era: ¿por qué un adolescente de clase media se peleaba con el poder político en un festival de una ciudad que, teóricamente, no era suya?

—¿Por qué dices todo esto ahí?

—Me pareció simbólico que la gente pudiera tomar una cerveza en el Malecón y, sobre todo, porque en gran medida las bandas que tocan en el Funka vienen de espacios socioeconómicos bastante específicos que jamás van a decir nada en contra de Nebot. Creo que en Quito pasa también. Vienen de espacios socioeconómicos tan privilegiados que nunca se van a poner fuertes con nada, porque o bien no les importa o son parientes de alguien de los socialcristianos… Entonces me vi en la situación de que yo he vivido cuatro años en Guayaquil, una ciudad que quiero mucho, en donde ya había tenido una experiencia cercana, y dije que, si no digo esto ahora, no sé quién más va a decirlo.

—¿No tienes miedo, entonces?

—Si es que me voy a morir por eso, me muero feliz. Si voy a pelear por cosas en las que creo, hasta mi mamá preferiría que me muera así.

¿Cómo pasa un compositor de decir “córtame, córtame, córtame los pies, méteme, méteme, méteme en tu cama” a “mírate, estás llorando, hay dos charcos en tu piel y voy nadando, si no paras moriré”?

Es como ver a un niño convertirse en hombre: el niño-hombre. Un proceso entre discos influenciados por Guayaquil, El Cielo y Tristes Trópicos. No fueron álbumes protesta que detuvieran las injusticias que el niño de 10 años quiso retratar en su cuento de la revolución cubana. Representaban la personalización de un personaje en sus propias canciones, combinando su larga historia de casi un lustro de pertenencia a otra ciudad con las dudas de nunca dejar de ser de otra. Es el retrato cliché, pero primogénito, de un circuito alternativo conformado durante mucho tiempo por personas cuyas vidas rozan la clase media y que entienden la búsqueda de comodidad como símbolo de éxito, aunque aprovechan las circunstancias actuales como material para hacer arte.

Es como luchar contra quienes no les importa nuestra lucha. El mismo Pedro dice: “a los de arriba no les importa”. Porque “los de arriba” no entienden. El éxito de este disco representa una visión particular de un Pedro solo y en compañía, de esa ambivalencia en que se convirtió Guayaquil y esos años en su vida. De encontrar validez a su arte después de que el país temblara, de que la relación con su madre estuviera en sus peores momentos o de que quizá ya supiera que, después de graduarse, esa vida en Guayaquil no se repetiría.

—A mí no me interesa generar caridad, me interesa que la gente que quiera hacer arte pueda hacerlo, sin importar de dónde venga, quién sea o quiénes sean sus papás. Y creo que es lo único que vale la pena de esto. Si no, solo seguimos aportando a la misma mierda, con los mismos perfiles, del mismo colegio, y me rehúso a que siga siendo así.

—¿Y cómo lo estás logrando? ¿Qué puedes hacer?

—Estoy intentando lograr maneras… Quisiera hacer música como Maykel o cualquier artista masivo en Ecuador, si es que puedo usar esa plataforma para pelear por esto. Porque siento que lo malo es que esto sigue siendo un nicho y no sé por cuánto tiempo más. Siento que este disco de Lola (VAFDA / Oh Clarividencia) puede llegar a hablar de más cosas y a más gente. A la larga eres una plataforma y tienes que aprovechar eso de la manera menos egoísta posible, porque estamos en estas condiciones. La gente está precarizada, esto pasa en full trabajos, pero no puedo generar tanto impacto en otros espacios de trabajo. Si puedo generarlo en el que estoy, es lo que puedo hacer y creo que también es lo más realista.

A los 18 años pensaba que, luego de la música, se iba a dedicar a escribir. Amaneció en Guayaquil tras una despedida en Quito la noche anterior. Se despedía de esa ciudad para estudiar en otra; la intención era vivir solo y pertenecer, de a poco, a esa realidad que no comprendía.

—¿Por qué Guayaquil? —pregunto al inicio de una de las videollamadas, donde su gata le hace compañía.

—¿Por qué no? Por la U, pues —responde, riéndose. Pero sabe que esa no es la única respuesta. —Porque es difícil de esconder. Es como ese familiar conflictivo que no va a las reuniones familiares, pero cuando va, es conflictivo y saca todas las verdades, y toda la familia que creía que todo era perfecto se da cuenta de que no. Se vuelve inevitable y es como que: hijueputa, hay full cosas que mejorar en este país. Yo creo que Guayaquil es eso, por eso es hermoso: es inevitable.

—Pero saliste del colegio y, ¿qué pensaste antes de ir a Guayaquil?

—Yo llegué pensando que iba a encontrar gente densota en la U y no fue así. Eran chamos como yo, y eso fue lo bacán. Son la gente más inteligente que he conocido en mi vida. Eso me enseñó que no tienes que llegar listo a la U. Fue full bacán ir creciendo en conjunto… escuchando.

—Y cuando finalmente llegaste, ¿cómo te fue?

—Imagínate tener 18 y tener un departamento. Estaba más que feliz, solo no podía creerlo. Mi vieja tenía trabajo el lunes, durmió esa noche y se fue a las cinco de la mañana. Me acuerdo que fui a despedirme medio dormido y, apenas se fue, pensé: “estoy absolutamente solo”. Fue una sensación de no saber qué esperar. Era algo muy elemental. Lo primero que hice fue ir a ver tiendas, dónde estaba la U. Fue eso de reconocer que estaba perdido, de no saber qué putas hacer. Estaba full flaco. De repente, conocer a Guayaquil fue conocerme a mí. Los amigos eran la familia en ese entonces.

—¿Lloraste por soledad?

—Lloraba de desesperación, de estar perdido. Me acuerdo de haber llorado por extrañar cosas: a mi novia, a mis amigos, por pensar “¿qué hago aquí?”.

Escribió desde el primer día en la ciudad en una bitácora que no aguantó mucho, por su costumbre de no terminar las cosas. Dice que los primeros días se sorprendía por el ruido excesivo y por la idea constante de que esta “sí era una ciudad”. Le hizo una canción a una rata gigante que vio pasar en pleno Centro. Le impactó la indigencia, los rumores de un muerto en la 9 de Octubre y la calavera encontrada en esa misma calle: cosas que llevaron sus pies a la acera.

El Guayaquil al que se enfrentaba se iba convirtiendo en la nueva fuente artística de su música, desde canciones que describían su desayuno:

Hoy
me levanté creativo,
desayuné pan con tocino,
es mentira, no tengo para tocino,
vivo solo en Guayaquil.

A poemas más profundos:

Cruzo el parque sin haberme lavado los dientes
y entro a un banco listo para robarme todo,
no lo hago porque estar listo no significa nada,
escucho un taladro taladrando desde el pasillo de mi edificio y
pienso en el viento que corre
en la noche por el centro de Guayaquil.
Intenté leer tus poemas, pero se me
rompieron los lentes y me puse a picar
cebolla finamente y no hubo reparo…

Cuarto de siglo, Pedro Bonfim

Las canciones eran verdaderas conversaciones con quienes las escuchaban. Las letras no cumplían el objetivo simple de “quiero verlos bailar”; tenían la intención de recibirse como descripciones de etapas importantes de los integrantes de la banda, en especial de Pedro.

Su relación compositiva con Guayaquil estuvo marcada por los lugares donde vivió. En su primer departamento compuso Ventanas; en el segundo, Ciempiés; y en el tercero, la mayoría de Tristes Trópicos. El segundo fue en la Av. Vélez y Av. Escobedo, al que le da un énfasis particular al contármelo. Tenía un balcón, no había ventana, y se quedó dos años ahí.

—Abajo del edificio había mucha gente de la calle que vivía ahí. De noche veías cosas bien pesadas: peleas, drogas —full drogas—, gente cagando en la calle, gente cagándose encima. Era turro… peladitos… era turro. Vi full cosas. Sobre todo, aprendí lo real que es eso. Que es mucho más turbio de lo que parece toda esa vida y es horrible normalizarla. Solo tienes que verla una vez y se te queda para siempre. Me acuerdo de una niña esperando que su mamá terminara de defecar mientras también fumaba. Ves cómo esa ciudad no puede esconder lo que pasa.

—¿Vélez y Escobedo te marcaron?

—Siento que fue un punto de quiebre en mi vida. El 2016. Fue un año realmente duro en muchos sentidos: a nivel nacional, el terremoto, el final de Correa, estaban pasando full huevadas, estaba siempre el mito de que iban a cerrar la U. Esas vergas te hacen pedazos la cabeza porque es una inestabilidad constante. Además, me peleé con mi vieja mal y no nos hablamos todo el año.

—¿Por qué se pelearon?

—Yo había sentido que cambié full y a ella le costaba verlo. Como que la man tuvo un lapsus en que necesitaba salvarme la vida, cuando el único que podía salvarme era yo. Y comenzó a meterse en mis cosas, algo que no había hecho antes, y no le dejé. Le dije: “no te metas en mi vida, no quiero que sepas nada de mi vida”, y fue una pelea densota. Lo cierto es que ese año fue el que más tocamos en la historia de Lolabum. La cosa es que tenía que ir full a Quito, pero no podía ir a mi casa; tenía que ir a donde sea. Llegaba con todas mis cosas y tenía que llamar a un amigo para caerle en la casa y, si no, me quedaba en la calle un rato, hasta que tuviera ensayo o algo. Como generalmente los ensayos eran a las 10:00, me tocaba quedarme tres horas por ahí y luego ver dónde dormir. No fue una vez, fue constante. Y eso me comenzó a hacer verga emocionalmente, en full sentidos, porque sentía que no tenía casa. De repente me di cuenta de que mi casa era la de Vélez y Escobedo, y que yo desde hace rato no vivía en Quito. Ese era el problema: yo intentaba fingir que vivía en Quito, y de hecho lo hacía, porque no quería que la gente sepa que vivía en Guayaquil, ya que iban a pensar que Lola no era un proyecto serio.

—¿Ahí fue cuando te peleaste con todo?

—Yo me fui diciendo: “me voy a perder”. Sentía que no tenía una relación con Quito, y en Guayaquil me sentía más cómodo. Pasaba horas viendo la ciudad, literalmente. Pensaba: ¿cómo hago para reproducir esta sensación? Quisiera poder transmitir lo que siento aquí en la música; era uno de mis grandes objetivos. Ya quería hacer algo de lo que me sintiera orgulloso y que demostrara que había cambiado, que no era el chamo que se fue. Entonces fue un cambio creativo importante. Esto tuvo que ver mucho con el terremoto. Decía: “puta, qué raro tocar estas canciones que poco tienen que ver con el entorno de la gente”. Todas esas preguntas empezaron a surgir de eso.

No tenía familia en la ciudad, pero sí un grupo de amigas que se le juntaron en fórmula de resistencia para no caer en esa soledad. Estas respuestas se vuelven intensas con la serie de crisis que atravesaba en la ciudad porteña: la identidad que no encontraba o a dónde pertenecía. En sus últimos días en Guayaquil le sobrevino un ánimo de final, porque sentía en vivo cómo ese presente, al que se acostumbró por casi cinco años, se estaba acabando.

—¿Cómo fue el último día en Guayaquil?

—Me acuerdo de tener unos aparatos electrónicos que, según yo, iba a vender en la Bahía. Eran cosas que había dejado el primer man con el que viví, huevaditas. Justo unos chamos que recogían basura estaban por la casa y pensé que esos manes les podían dar mejor uso. Fui donde ellos y les dije: “oigan, ¿quieren esto?” y me dijeron “bueno”. Tenía unas cosas más y se las di. Lo que más me chocó es que yo tenía una cabeza de tigre hecha en papel, que sabía que se iba a hacer mierda, y les pregunté: “¿quieren?”. Me dijeron “chéverisimo”. Uno de ellos se la puso. Los vi desde la ventana: una cuadra más allá, uno iba caminando con la cabeza de tigre. Solo pensé: “esto es tan simbólico y egoísta de mi parte”, porque estoy romantizando algo tan horrible, pero a la vez es una imagen que me quedó tanto, porque ese man se llevó la cabeza de tigre el día que yo me fui.

Se fue a las cinco de la mañana. Un amigo de su madre le ayudó con la camioneta para llevarse sus cosas. Recuerda ver el Centro desde el puente de la Unidad Nacional mientras se iba: “de repente sentí que era la última vez que veía esto siendo mi ciudad y me fui a la verga. Me puse a llorar y dije: ya, no hay cómo hacer más”.

—¿Volverías a Guayaquil para quedarte?

—Si no tuviera Lola, sí creo. Pero es eso, volvería a tener otra experiencia. No volví a Quito para revivir experiencias del colegio, por ejemplo. Si vuelvo es por una cuestión de que me gusta, de ver ciertas cosas, no para encontrarme con lo mismo.

En esos cinco años salieron dos discos: El Cielo y Tristes Trópicos, incluyendo después parte de la producción de Verte antes de fin de año y O Clarividencia, de los que doce canciones fueron reconstruidas en la época pandémica. Esos discos se transformaron rápidamente en el “es hora de hacer lo que me dé la gana” de Pedro, tras apostar el segundo álbum de la banda a una validación por todo el público que los escuchaba. “En el disco están esas cosas: ver lo que hizo uno en el futuro, en el presente, el paro, un montón de cosas en mi vida, volver a Quito, dejar Guayaquil. Estoy solo en la casa, experimentando una especie de locura rara, sobreexplotándome junto a situaciones radicales”.

Dice que estaba muy nervioso y que ahora “le valió tanta verga que solo aprendió. En Tristes estábamos muy pendientes de probar que éramos buenos porque El Cielo fue muy malo. Queríamos demostrar que no valemos tanta verga como parece. Ahora no necesito probarle nada a nadie. Hablo de cosas muy personales, porque este disco nació de una cuestión de tomar decisiones fuertes”.

—Estás en una etapa de gran modestia. Si te decía en 2018 que tu disco era malo, ¿qué me habrías dicho?

—Si me dices que mi música es buena te voy a agradecer genuinamente. No quiero ser parte de la maquinaria de la inseguridad. Todo el tiempo hay gente tirándose mierda. Lees diez reseñas y nueve son buenas. Una dice que vales verga, y esa es la que recuerdas; las buenas quedan en el fondo. Eso me pasa a mí. A las buenas medio que no les creo, pienso que están siendo buenas personas.

En un espacio de la conversación, Pedro habla sobre su sexualidad y cómo la edad no le permitió pensar sobre aquello hasta ahora. —¿Eres bisexual?—, le pregunto. “Diría que sí, pero quisiera decirlo con más seguridad porque no he tenido relaciones largas con un hombre. He tenido encuentros, pero no me he pegado una enamorada loca. Todavía es algo que debo descubrir. Todavía me estoy conociendo bastante, me estoy explorando y me gusta. Mira, a mí me gusta alguien, resulta que es hombre o mujer… hasta este punto no me había permitido pensar que capaz sí. La mayoría de gente con la que me llevo son chicos, gais o la banda. Mis amigos extramusicales están dentro del colectivo y me siento cómodo porque puedo ser yo. Odio estar entre hombres heterosexuales. Con la banda me siento bien y creo que entre todos nos hemos besado, es algo normal: permitírselo o al menos cuestionarse”.

Sin embargo, está seguro de que es un tema que prefiere manejar con pinzas: “es algo que no me gustaría decir a la ligera porque sé que se puede malinterpretar. Me gusta no saber qué y quién soy”.

* * *

Cuando esta historia termina ya es octubre. Hace una semana Pedro me envió su hoja de vida, un documento sin fotografía que resume toda su trayectoria en Lolabum. Ya ha sacado el tercer disco y el éxito que no le importaba le ha llegado. Nuevas luchas se han sumado a su discurso, que cada vez se tiñe de adultez y se aleja de la idea tóxica de quejarse por deporte. Es un personaje que puede decir “yo me siento mucho más cercano a Bad Bunny que a cualquier huevón” y, en diez minutos de conversación, pasar a “de repente uno se pierde emocionalmente, más allá de la música. No es cosa del éxito, es algo muy personal, de encontrarse perdido”.

A veces lo noto cansado y otras, más enamorado de quien descubre. Sabe dónde está parado en cuanto a su fama o reconocimiento, pero sus crisis validan lo alejado que está de creerse todavía el cuento de su influencia.

Bromeamos con que es Jescucristo, porque su altruismo es indefinible en un circuito donde trabajar individualmente o para nuestros más fieles conocidos es una regla no escrita. Donde todo parece que no superará los cinco años de vida.

—¿Crees en Dios?

—No sé, es una respuesta que aún no tengo. En la crisis buscaba salvación; tocar fondo puede hacerse de muchas maneras. Por eso me rapé. Yo estaba evitando ver cosas de mí. Me acuerdo de todo. Fui a un concierto de Guardarraya en el MAAC (Guayaquil) y fue una forma de racionalizarlo. Fui solo y no hablé con nadie. Estaba con rechazo hacia todo… todo lo que yo era lo odiaba. Fui a las 23:00 a la casa de unas amigas y les dije: “rápenme”. Yo siempre tuve el pelo en la cara y, después de eso, fue como “voy a verme”, y a los dos días hice la primera canción de este disco. ¿Por qué estaba tan en la verga? ¿Será por diciembre? Nada del disco fue publicado antes del 2 de diciembre de 2018. ¿Por qué estas cosas que odio están en mí? Ser joven y tener crisis es porque soy joven. Estoy buscando entender porque no he encontrado algo con que estar conforme.

—¿Qué te salva de no ser otro Kurt Cobain?

—Yo no estoy triste todo el tiempo; el camino ha sido aprender a quererme. Aprender a amarme. Me cabrea no poder ver que soy bueno porque es esto de hacerme el rico. Me parece injusto no poder valorar mis cosas. El peso de uno mismo es, al final, todo lo que importa. Aceptar que soy bueno ha sido un camino en el que he trabajado años. He estado orgulloso de lo que hago ahora. Felipe me decía que a mi edad estaba sacando Roja. No me interesa ser mejor que nadie, pero lo que quiero representar es lo mejor de la generación por venir. No quiero seguir siendo esta verga que nos metieron de ser chamos de la generación y estar a la sombra del Mauro Samaniego o “el camaleón”. No quiero ocupar sus lugares, no quiero quitarle el espacio a ninguno de ellos; quiero ser otra cosa. La gente viene a compararnos y yo no estoy intentando copiar la carrera de nadie; estoy intentando hacer la mía. La gente dice que soy un sabroso, que se vayan a la verga. El disco es una cosa cristiana. Lo que esperamos de nuestras figuras es que sean Jesucristo, porque se espera que sean como él.

“Siempre estamos apuntando a vivir el mayor tiempo posible. Le decía a la banda que me parecía legítimo escoger un tiempo de vida… o sea, yo decido vivir 50 años y planificar mejor las cosas. Yo creo que uno debería tener el derecho a escoger cuánto vivir, porque al final es una cuestión bien cristiana: sólo Dios puede quitarnos la vida, entonces si eres un suicida eres un pecador y por eso nos importa tanto. Está bien la muerte, la respeto full; es de esas cosas grandes, como el tiempo, que debes respetar pero que no deben ser una cruz porque no va a servir de nada”.

—¿Por qué crees que antes de nacer el destino te quería muerto, entonces?
—Puede haber varias respuestas: que soy cristo o soy el anticristo, o que mi mamá tenía muchas cosas a su alrededor. No sé si hay algo más profundo. Nunca me he dado la oportunidad de considerarlo. Espero que no haya una razón más grande porque me voy a estresar.

* * *

Es 2025 y este perfil envejece. Pedro ha lanzado un disco más con Lolabum y otro con su proyecto solista. Ya no vive en Ecuador y su música lo ha llevado por lugares que en 2020 eran solo un sueño. Aún así, hay una canción —Tons Ke— que siempre sonará a mensaje en una botella apareciendo en las orillas del mar si Bonfim desaparece de sí mismo:

¿Vas a hacer más musiquita?

¿Crees que alguien se enoje por las cosas que hiciste y dijiste por amor?

Yo creo que a ti te dan miedo estas preguntas porque, al final, te vi desde aquí y vi tus reacciones y me quedaron más dudas que certezas, como siempre.

Si me permites, haré una afirmación más o menos polémica: yo creo que Pedro Bonfim realmente comienza aquí.

Todo lo que leíste antes no es diferente al silencio que antecede al momento de aplastar el botón de reproducir.

Escucha a Lolabúm aquí.

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