Texto y fotos: Adrián Gusqui
Encuentro a Renata a la entrada de un jardín: un laberinto donde su música suena con rostros infinitos.
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No quiero bajarme del auto sin preguntar por qué se llama así. Ella se ríe y su perro, Martín, prepara el hocico en el asiento trasero. “Por la carta del tarot y lo que significa”, me dice. “También por la figura del ajedrez y todo lo que representa en la arquitectura quiteña”. Me bajo del auto en la terminal de Ibarra, una ciudad atareada por los mercados y silenciada por los montes. La Torre en el tarot revela al desastre como signo de positividad y una puerta a los cambios previo agitaciones internas. Si esta sale en reversa la define el miedo al cambio. En esta conversación la carta no sufre modificaciones, aunque ha luchado por no caer de un lado que no le conviene.
Martín me ladra desesperado y así me despido. Un arcoíris a medias nace y muere entre las montañas y su neblina vespertina.

En esta ciudad de silencios y velocidades pausadas vive Renata Nieto, mejor conocida como LaTorre, una referente musical del país en lo que al electro pop andino se refiere y que a la fecha cuenta con un álbum, un EP y otro en camino. Su historia con este nombre como sombrero se cuenta desde 2018, cuando el oro y las vírgenes bañaban su creatividad.
El encuentro es en Cananvalle, en una hacienda a las afueras de Ibarra, desde la cual se ven las montañas de la ciudad, que parecen apuñalarse de vez en cuando con los rieles del tren, otra imagen que acompañará nuestra caminata con varios perros como guías.
En su auto no hay radio; se entretiene conversando, aún con el apuro de la capital, pero también lleva en sus gestos la paciencia de una ciudad escondida. “Sí, yo soy de Quito, pero a los siete años me mudé a Riobamba y viví allá durante seis años. Después regresamos un tiempo a Quito, aunque más adelante nos volvimos a mudar. También viví en Manta. Luego regresé a Quito para estudiar, y finalmente me vine a vivir a Ibarra”, cuenta. “A veces, más bien, me cuesta estar en la ciudad. Y claro, lo que siento diferente entre las provincias y la capital es que, quizá, hay más diversidad cultural —en el sentido de que te encuentras con comunidades indígenas o afrodescendientes, como aquí—, y eso resulta muy interesante, tanto a nivel cultural como musical.”
Su papá se dedicaba al mantenimiento en hospitales públicos, relata, por eso viajaban mucho. En la caminata nos acompaña Martín, un perro del tamaño de mi rodilla que se escurre entre la siembra. Elegimos la peor ruta para hablar: varios montes de tierra muerta. Renata contrasta con el paisaje; es una mujer alta, con colores potentes atravesando su rostro. Ojos azules que aún no entiendo y un cabello rojizo que enciende su piel blanca, casi transparente. Se ensucia entre la tierra y llama a Martín cada vez que presiente peligro. Se nos unen más perros con cada pregunta.

—Escuché que el primer concierto al que fuiste fue a tus 12 años, ¿por qué?— pregunto, tras sus declaraciones en una entrevista para INHAUS MEDIA, donde menciona este hecho y su lejanía al mundo musical en su infancia.
—No era tan fácil acceder a un show, no era algo que hiciéramos habitualmente. Por eso, para mí, ser músico no era una posibilidad; no lo sentía como algo que formara parte de mi realidad. Pero siempre estaba en clases de música; de pequeña tocaba piano y la flauta traversa, también hice ballet desde los tres hasta los seis años. Fue un tiempo no tan largo, pero sí significativo.
Su deseo de ser una gran performer la lleva a ejercitar el cuerpo y su talento musical, pero quiere más, entre ello, el teatro. “Además del teatro, algo que también me gustaría es tomar clases de escritura, más allá de la escritura formal, que sí manejo porque soy abogada, pero no me dedico a eso. Estudié Derecho, terminé la carrera y trabajé un tiempo, pero esa es una escritura más técnica. Lo que yo quiero ahora es tomar clases de escritura artística. No sé si hay algo muy interesante de mi vida puntualmente relacionado a eso —al derecho—, más que me ha servido para financiar el inicio del proyecto.
Como un fragmento de espejo que va revelando un nuevo ángulo en cada pregunta, volvemos al pasado de Renata antes de que sea LaTorre, exactamente en Evha, un proyecto musical que compartió con Sebastián Schmiedl, Mateo Kingman y Alejandro Mendoza, su actual pareja. El grupo tomó relevancia en la década pasada y canciones como ‘Capulí’ o el remix de ‘Puente Roto’, los llevó a festivales importantes del país y también internacionalizó su música en países como México y varios destinos en Europa. El fin de la banda también definió un nuevo inicio para la cantante ecuatoriana.
—¿Qué pasaba con Renata Nieto antes de Evha? ¿Qué hacías?
—Antes de Evha… no hacía mucho, la verdad. Estaba muy enfocada en trabajar mi técnica vocal, le daba muchísima importancia a eso, pero ahora que lo veo en retrospectiva, me doy cuenta de que, en un proyecto artístico, la técnica vocal es solo una parte muy pequeña de todo. El canto es importante, claro, pero es apenas una fracción de lo que implica crear un proyecto: componer, desarrollar ideas, construir un concepto, pensar en el performance en vivo, en cómo comunicarte con la gente, en todo el contenido que gira alrededor. Es muchísimo más amplio. En ese entonces, yo pensaba que con ser cantante bastaba, que eso era todo lo que necesitaba. Fue un buen primer paso, me permitió profundizar en una cosa, pero más allá de eso… no había mucho más.
—Y Evha entra en escena justo cuando el género estaba en auge en la región. ¿Cómo viviste esa etapa en tu desarrollo artístico?
—Fue súper importante. De hecho, sigo trabajando con Alejo Mendoza (ex percusionista de Evha), así que siento que algo de esa primera exploración todavía se mantiene. Evha fue mi primer acercamiento a la composición. Nunca antes había hecho una canción, y fue muy bonito porque tuve un espacio de exploración donde me tuvieron paciencia para transitar de ser solo cantante a ser también compositora. Y ahí también se asentó esta pregunta de “¿qué soy realmente en la música?”. Hasta ese momento solo trabajaba técnica vocal y cantaba temas de otras personas. Evha fue el espacio para aterrizar todo lo que había aprendido en algo que realmente me representara, que uniera las partes de mí con las que me sentía identificada.
—Y bueno, Evha termina de forma abrupta. ¿Cómo viviste ese cierre?
—Por suerte, ya tenía LaTorre en marcha, pero sí fue un proceso muy duro para todas las personas involucradas. Estábamos trabajando en un disco que estaba increíble, y de pronto… todo se detuvo. El trabajo quedó en el aire, paralizado. Fue duro, pero también… ¿qué puedes hacer? Toca seguir. Y en ese tiempo empecé a trabajar más en ‘Orillas’, que justo estaba naciendo dentro de LaTorre y también habla del luto. Para mí, ‘Orillas’ nació del duelo por la muerte de mi mamá y del cierre abrupto de Evha. Ambas cosas.
—¿Y cómo te llevas ahora con el recuerdo de la banda?
—Es raro. Se siente como un fantasma extraño. Como cuando alguien muere pero no termina de irse del todo. Es eso. Un final no resuelto.
—Y empiezas con LaTorre. ¿Cómo fueron esos primeros momentos, considerando que dices ser una persona más bien tímida? Lanzar un proyecto propio requiere mucho empuje…
—Uf… fue reencontrarme conmigo misma. En Evha, el escenario era compartido, la energía tenía que fundirse con la del grupo. En LaTorre pasé a ser el personaje principal, por decirlo así. Tuve que descubrirlo sola, sin el respaldo del grupo, y eso fue muy interesante. En general, todos los procesos artísticos lo son, estés acompañado o no. Lo que vas descubriendo de ti misma es increíble. Requirió desarrollar un nuevo lenguaje, no solo musical, también corporal, verbal. Pero estar sola me dio más libertad. Podía tomar decisiones directamente con Alejo y eso lo agilizó mucho.
—¿Sentiste que fortaleciste algo en ti al estar sola?
—Sí, fue confiar en mi propia fuerza. Al inicio no sentía que la tuviera, pero se fue desarrollando. Tu presencia tiene que ser lo suficientemente fuerte para llenar el espacio que antes compartías. Fue un proceso hermoso. No fue algo que pasó de la noche a la mañana.
—Y además LaTorre ha logrado cosas importantes: selección para una película de Sorrentino, presencia en festivales, un público que te sigue y llena espacios. ¿Eres consciente de eso? ¿Sientes que hay algo que hiciste que marcó la diferencia?
—A veces no sé bien cómo se tejen las cosas. Es complejo, sobre todo siendo independiente. No diría que soy under, porque no me identifico con ese término.
—¿Por qué no?
—Siento que lo under es más informal, más de lanzarse con lo que hay, con condiciones guerrilleras. Yo intento siempre salir con las mejores condiciones técnicas, tener buen sonido, buen equipo. Tal vez esa no es la distinción real, pero así lo pienso yo. No quiero sonar peyorativa con lo otro, pero para mí la diferencia está ahí: en la intención de hacerlo lo más cuidado posible.
—Entonces sí te das cuenta de lo que ha pasado…
—Sí. Pero siento que, cuando eres independiente, vas descifrando el camino a medida que avanzas. Lo mainstream tiene una ruta más clara, más industrial. En cambio, lo independiente es más incierto, cada quien tiene un recorrido distinto. Eso también es lindo: ver cómo mis amigos artistas han tenido procesos completamente diferentes. Lo que sí creo que ha hecho la diferencia en mi caso es haberme enfocado en construir una comunidad. Al inicio no sabía que eso sería tan importante, pero lo es. Darles espacio a las personas que te siguen, saber quiénes son, hablar con ellas, regalarles momentos durante los shows, hacerlos subir al escenario… darles ese lugar. Eso ha sostenido el proyecto en estos últimos años.
Renata tomó su carrera con astucia y comparte que aún está trabajando desde lo personal. “Todavía tengo miedo en los shows”, dice. “La verdad es que ha sido intentarlo una y otra vez. Como dice el dicho, eso de que si te caes, hay que volver a subirse al caballo… algo así, ¿me cachas? Es eso: seguir, nomás. Porque, aunque la terapia ayuda —y sí ayuda—, lo único que realmente sirve es volver a hacerlo”.
—Leí que antes de un show necesitas que nadie te hable y estar con las personas correctas por temas de energías.
—Sí, no sé si tanto tiene que ver con la energía, pero sí con darte un tiempo para volver a ese mundo interno. Creo que, en el fondo, eso es un poco lo que hacemos los artistas: permitir que ese mundo interno se expanda y que los demás puedan verlo. Ese momento de preparación antes del show es súper importante para mí, porque es cuando vuelvo a conectar con mi mundo interno, para fortalecerlo y poder amplificarlo en escena.
—En los conciertos interactivos usas una máscara ante el público. ¿Esto fue un comodín para que tus nervios desaparezcan?
—Sí, full, ha sido hermoso. No sé qué tanto la gente percibe desde afuera cuando uso esa máscara, que no es totalmente cerrada, es semitransparente. Pero desde adentro yo no veo nada, porque al ser de malla, la luz hace un reflejo que me bloquea completamente la vista. De verdad, no veo ni dónde piso cuando me subo al escenario. Y eso me gusta. Me encanta esa sensación de subir así, como si tuviera que ir descubriendo el espacio paso a paso. Además, me da un momento para centrarme, para conectarme primero yo, antes de empezar ya sin la máscara.
En esta caminata han desaparecido los senderos y pisamos cualquier sembrío que lucha por nacer. Patitas de perros acompañan la matanza. Nieto me señala con frecuencia las esquinas que la acompañaron en el proceso de su nuevo EP, que saldrá en noviembre. Antes de ello, hay algunas canciones que explican y forman parte de este nuevo lanzamiento; una de ellas es su último sencillo, árbol /|/, lanzado el 25 de julio.
—¿Y el tema del oro? ¿Va a seguir presente en esta etapa?
—Creo que en este EP no. No está tan ligado al barroco ni al oro, que son cosas con las que normalmente se me asocia. Esta vez tiene más que ver con lo orgánico, con lo menos adornado.
—¿Con cosas de la naturaleza?
—Exacto. No es que el oro no sea parte de la naturaleza, pero una joya ya es algo procesado. Y en este caso estoy buscando algo más crudo, más natural. Por eso en la gira había plantas, y los vestuarios también tienen formas más conectadas con lo orgánico. Incluso las sombras que proyectan las plantas no son tan ordenadas: cambian según el ángulo de la luz. Eso le da esa sensación de naturalidad que tiene un jardín, por ejemplo.
—¿Ese disco también está ligado a un espacio físico, como este jardín en el que estamos caminando?
—Eh… no estoy tan segura de que ese disco tenga una relación directa con un lugar físico. Estaba más basado en la idea del duelo, en la etapa de luto que vivía en ese momento. Fue algo muy personal.
—¿Te refieres a lo de tu madre?
—Sí, ajá. Justo. Fue durante la pandemia.
—¿Y fue ahí cuando vinieron acá?
—Sí, y este espacio, al final, siempre ha sido un refugio para mí. Digamos que fue en ese tiempo cuando este lugar empezó a cobrar sentido, a existir como tal.
—Y cuando termines el disco, cuando lo lances, ¿qué crees que va a pasar con este lugar? ¿Crees que volverás, o tal vez te vas a alejar de él? A veces pasa que uno ya no quiere saber nada de ciertos espacios después de un proceso tan intenso…
—Sí, claro, pasa. Uno se satura. Pero no creo que me pase con este espacio en particular, porque en realidad el “jardín” es más una idea, algo metafórico. Este lugar físico es una extensión de ese concepto, pero no lo representa por completo. Lo que sí es cierto es que probablemente estemos lejos por un tiempo, así que ahora estoy viniendo más seguido, aprovechando cada visita, porque… no sé, se siente un poco como una despedida.
La aventura por este laberinto de árboles sin nombre y quebradas que saludan con el peligro continuamente, avanza hasta un punto donde hay una magia lejana en el lugar. Renata parece volver sobre sus pasos, sin miedo a la contaminación del sitio por la presencia de otros. Me cuenta que alguna vez pasó por aquí Felipe Lizarzaburu, para conocer el lugar donde surgen las ideas. También que ella acostumbraba visitar el sitio con una libreta, una grabadora (su celular) o simplemente su computadora, porque también hay pendientes burocráticos en el alma artística.

—(En la nueva música) Todo tiene que ver con este universo del jardín secreto, que para mí representa ese lugar un poco apartado del mundo, donde uno encuentra refugio y conecta con las personas más cercanas. Es ahí donde se generan vínculos más íntimos. Más que un lugar físico, es un espacio simbólico donde se gestan esas relaciones profundas. Y no solo hablo de lo bonito o lo tierno de la intimidad, sino también de lo que puede amenazar esas relaciones, desde dentro y desde fuera. Tiene que ver con esa fragilidad que rodea los entornos íntimos, con lo delicado de mantener ese espacio a salvo —, esto es lo último que me dice sobre este sitio, que ya adopta la tarde como su rostro.
Al subir a su auto para que me lleve a la terminal de buses, un arcoíris viene bajando de las montañas. Me cuenta que le gusta aventurarse donde el horizonte pierde el nombre. Su nueva música está cubierta por un duelo en proceso, aunque al escuchar a LaTorre la mayoría de las veces, el encuentro sea con uno mismo, atravesado siempre por el dolor que un humano encuentra entre los detalles de la naturaleza.
Escucha acá abajo lo nuevo de LaTorre:
