Las resonancias de dos décadas del Ecuador Jazz

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Texto: Luis Fernando Fonseca / Fotos: Archivo FTNS

La memoria musical del país tiene en el festival a un latente sitio de encuentro de músicos, técnicos y prensa musical.

¿Cuál es la resonancia del Ecuador Jazz en dos décadas de historia?

Hay que afinar un poco la respuesta, con otra pregunta: ¿qué hace que la música perdure un poco en la mente y el corazón del público del Ecuador Jazz?

Hace una década y seis meses, la respuesta pudo inscribirse en el soul: el cantante estadounidense Charles Bradley (1948-2017) bajaba del escenario al cierre de su concierto con His Extraordinaires en el Teatro Nacional Sucre. Entre una lluvia de luz y confeti, el artista se conmovía, entre aplausos y gritos. Y abrazaba a algunos asistentes.

Ese año –2015, época en que el festival Ecuador se realizaba en marzo– también la cantante británica Joss Stone (Joscelyn Eve Stoker) convocó a tantos asistentes que su actuación se extendió a través de una pantalla gigante apostada en la Plaza del Teatro, adonde un centenar de escuchas llegaron pese a la garúa de esa noche.

La mezzosoprano recorrió la alfombra roja, en medio de la platea del Teatro Nacional Sucre, al empezar su concierto. No fue la única coincidencia que tuvo con Bradley: seis meses antes –en septiembre de 2014– habían pisado las tablas del auditorio Massey Hall de Toronto, Canadá. Entre Reggae, Funk o R&B sus resonancias llegarían al público extranjero. Y en portugués.

El periodista y crítico musical brasileño Carlos Calado había llegado a Quito para cubrir la edición X del festival. En el reportaje que el periódico Folha de S. Paulo –con el titular Dupla inspirada brilha no encerramento do Equador Jazz Festival–, Calado comentaba, sobre el trío del pianista dominicano Michel Camilo, “uno de los mejores pianistas del jazz contemporáneo, el cantante brasileño Vinicius Cantuária y el compositor estadounidense Marc Ribot:

Es difícil entender por qué un músico tan carismático y consumado como Camilo sólo actuó una vez en Brasil, allá por los años 90. Sólo los curadores y productores de festivales y clubes de jazz brasileños pueden darnos esa explicación.
El cantautor amazónico Vinicius Cantuária, una atracción de festivales que también merece más oportunidades de actuar en Brasil, reside en Nueva York desde hace más de 20 años –NDR. se mudó a esa ciudad a mediados de los 90–. A punto de lanzar un álbum dedicado a la obra musical de Tom Jobim, Cantuária actuó con su compañero de toda la vida: el guitarrista y violinista estadounidense Marc Ribot.

El crítico brasileño saldó cuentas con las curadurías de su país al describir al festival ecuatoriano como “muy bien organizado, con una programación que busca el diálogo entre la tradición musical norteamericana y la música instrumental de varios países latinoamericanos”. Como contexto, destacó que el Ecuador Jazz Festival ofrece a sus espectadores un privilegio: “el ambiente encantador de las estrechas calles del Centro Histórico de la ciudad de Quito”. Y añadió:

Otras atracciones del evento, como el trío del pianista español Marcos Merlino, el quinteto colombiano Viento en Popa y la Banda Sinfónica Metropolitana de Quito, contribuyeron a ampliar el abanico de influencias musicales en el diverso elenco del festival.

Curiosamente, la más original de estas atracciones –el joven sexteto colombiano Curupira, una especie de «jam band» que toca música folclórica latinoamericana con instrumentos tradicionales – sólo pudo ser apreciada por los habituales de El Pobre Diablo, un bar cool de Quito, en sesiones de improvisación que tenían lugar después de los conciertos principales.

Ese bar, al igual que las giras de Bradley, ha desaparecido. Pero el centro continúa siendo la base del festival.

Y, entre otras resonancias, hay quien ha empezado a escuchar jazz a través de este festival.

Entrenar el oído (para crear una mirada)

Al nivel de cohesión rítmica entre los músicos de una agrupación de jazz se le puede llamar swing, así lo describirían algunos críticos, a decir del historiador y productor musical estadounidense Ted Gioia. Esa dinámica puede ser seleccionada por los productores. Y si una producción se cohesiona en cada edición –si su agenda tiene swing– diríamos que ha tenido detrás una curaduría.

Entre 2010 y 2025 –15 años, dos terceras partes de la historia del Ecuador Jazz–, Fabiola Pazmiño fue productora de la Fundación Nacional Teatro Sucre, FTNS, la entidad organizadora del festival. Desde su actual cargo –Pazmiño es Directora Artística del Teatro Sánchez Aguilar, en Guayaquil–, recuerda que hoy podemos hablar del festival debido a que, por iniciativa del compositor y director musical Julio Bueno, se fusionaron los festivales Jazz in Situ y Ecuador Jazz.

De varios lugares en la capital, el híbrido levantó desde 2005 una programación de dos semanas. Pazmiño –creadora la agencia cultural HiloNegro, especializada en el fortalecimiento del ecosistema musical ecuatoriano– da más pistas sobre la hemeroteca que fuera del país ha recogido algunas huellas del festival, como la edición argentina de la revista Rolling Stone (Grupo La Nación), además de Folha.

En su edición X, de 2015, el Ecuador Jazz incluyó un Encuentro de periodistas musicales y gestores culturales en su agenda. Para marzo de 2017, se realizó el III Encuentro de gestión cultural y periodismo cultural. En ese marco, en lugares como el Teatro Variedades Ernesto Albán, se abordaron temas como ‘Festivales y programación, un trabajo en red’, como efecto del camino trazado desde 2014 con la REDPEM.IB: Periodistas especializados en música iberoamericana.

Las resonancias ya no solamente tenían que ver con los públicos y medios de comunicación. Se habían extendido a los gestores al poner al Ecuador Jazz en el mapa de festivales y al periodismo especializado. El narrador, guionista y editor mexicano Enrique Blanc, había publicado en 2012 los primeros 500 ejemplares de ‘Flashback, La Aventura del Periodismo Musical’, con edición de la Universidad de Guadalajara.

Para Blanc –quien en su visita al Ecuador Jazz de 2016 se presentaba como un hedonista cuyo propósito es compartir, con lectores y escuchas, la música que le gusta– la confusión mediática entre “la idea de hacer periodismo cultural con lo que se conoce como Espectáculos cuando son cosas distintas” tiene una zona franca en países como Inglaterra o Estados Unidos debido a su concepción desde el anglicismo Entertainment, que distingue a los espectáculos de las artes (Arts), donde entra la danza, lo visual y plástico, incluida la música en general, junto con el cine y la literatura.

En 2017, el semiólogo e historiador musical mexicano Julián Woodside coincidía con su compatriota en que, debido a la distinción tradicional de algunos medios entre bellas artes y espectáculos, “un joven difícilmente va a leer la sección cultural, a menos que tenga un perfil muy particular”.
Esa dificultad la ha permeado mejor la música, a través de la gestión cultural, que los ecos de los canales de difusión. En una entrevista reciente, la productora Anabell López, coordinadora del Teatro Nacional Sucre, define como política institucional a la decisión de conocer qué quisiera el público que se programe:

“Me choca un poco la palabra formación, pero hay una gestión de los públicos al acercarlos a lo que se produce –concluye la productora que hace 15 años, cuando empezaba a labrar su experiencia en la FTNS, confiesa que empezó a conocer bandas de jazz gracias al festival–; el arte es para todos, hay un gusto que desarrollar y mantener y hacia eso apuntamos”.

Ampliar la resonancia (para crear nuevas audiencias)

Para su XX aniversario, la agenda del Ecuador Jazz retoma los intercambios frente a estudiantes. Y tendrán como protagonistas a lo más destacado de su cartel: en el Shakespeare Performance Hall (Teatro de la Universidad San Francisco de Quito) la artista afrocubana La Dame Blanche conversará con su audiencia el jueves 18 de septiembre (11:00); y, en la Universidad de los Hemisferios, el bandolinista brasileño Hamilton de Holanda lo hará el viernes 20 de septiembre (11:00).

Fue por esa expansión de resonancias que hace una década, el periodista argentino Gabriel Plaza publicó en el periódico La Nación:

El Teatro Sucre, en el corazón histórico de Quito, define ese perímetro sonoro conformado por el Teatro Variedades y la Plaza del Teatro, que por estos días está agitando la escena musical ecuatoriana. En esa zona tiene su sede el festival Ecuador Jazz, que desde (…) es una cita ineludible de la agenda cultural ecuatoriana. Eso sí, lo que primero estaba destinado a los melómanos jazzeros fue extendiendo su territorio hacia otras sonoridades.

(Mientras se confirma la sede y fecha de la clase magistral que los músicos de la banda de jazz fusión estadounidense Snarky Puppy darán, al sold out del domingo 21 de septiembre le ha seguido el aviso de un segundo concierto, a día seguido, en el Teatro Nacional Sucre, con Alejandro Rosero Trío como teloneros).

 

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