Texto y fotos: Adrián Gusqui
Una crónica del concierto de Aznar y Bonfim en el Teatro Nacional Sucre, del 17 de diciembre de 2025. O también una carta de amor hacia las cosas que uno piensa cuando se permite verlo todo.
Antes de ver el concierto, veo el rostro de los mil conocidos que hoy, a través de un ícono, saludan hacia el final.
Fin de un año.
Fin de un sueño.
Fin de un abrazo.
Cuando el tiempo es tan extraño, tan loco, tan huraño, es entonces cuando cualquier palabra cobra sentido. Y así, entre recuerdos dispersos, después de una noche en la que mi corazón se excusó de ser libre, pienso en cómo la música nos trajo hasta aquí, hacia el amor a primera vista.
Pedro Bonfim y Pedro Aznar, separados por un apellido, edades y generaciones, hicieron de un corte a mitad de semana el fin de algún pendiente que la piel encierra.
Bonfim es un esclavo de su talento, aunque el fin lo haya acariciado con tentación y no sea del gusto de todos —fachos, cerebros blancos y amantes del papel con pentagramas— es nuestra historia. Es el amigo que hizo música, le fue bien, no se traicionó; se sigue equivocando, pero tiene la medicina hecha mezcla por si el abandono lo coquetea.

Pedro Bonfim en el Teatro Nacional Sucre. Foto de Adrián Gusqui
Es ese asunto que te quema la cabeza, que presume como declaración. Que, si quieres callar, habrá un número doble que lo haga hablar. Imprudente como siempre, cada vez más ducho en su discurso, su concierto abriendo a Aznar fue una provocación al gobierno de Daniel Noboa. Lo hizo con poemas, una nueva canción e indirectas sin mencionar su nombre. Cada palabra apeló a golpear el honor débil y gelatinoso del presidente, quien, acompañado de sangre en su mandato, se llevó duras críticas del público del concierto que, si bien se dividía entre opositores y partidarios, tuvo una mayoría de rechazo hacia su figura mediante las palabras de Bonfim.
Aunque no faltó quien opinara diferente a Pedro quien, al escuchar eso en el silencio de la discusión, dijo: “No me importa lo que pienses”, y la algarabía completó ese silencio con silbidos y aplausos. Un “Fuera Noboa” es como el pan del desayuno en los conciertos del ecuatoriano.

Bonfim declamando uno de sus poemas. Foto de Adrián Gusqui
El pecado de Bonfim es su palabra sobre el escenario, que solo es “molesta” cuando quienes lo escuchan no pagan para ir a verlo. Pegado a la pared de la fila final, me fue imposible no fijarme en las parejas que se susurran cosas, con miedo de estar en el lugar equivocado. Siempre miedo al enemigo. También están quienes salieron de la sala o incluso llegaron tarde, conociendo de qué iría el inicio. Definir a este público es caer en un hueco con paredes de gelatina: no salir es la ley, entrar siempre es un capricho.
Al día siguiente del concierto, una asistente comenta en un post del ecuatoriano que abrirle a Aznar le quedó grande. La discusión de quienes leemos el comentario es de idas y venidas. Podemos estar de acuerdo en que ser un absolutista está mal, pero si tu enemigo lo es el doble, la mejor violencia es la palabra; al menos esta no mata a tientas ni en silencio a quienes no pudieron defenderse.
Si abrirle a Aznar le quedó grande a Bonfim, creo que de opiniones nos podemos morir todos de hambre. Aznar tiene la respuesta en esta historia que me cuenta Bonfim vía WhatsApp:
Yo ya me estaba yendo, literalmente estaba en la puerta, hasta que vino el chico que apoyaba en los camerinos y me dijo: “El otro Pedro te está llamando”. Fuimos con Santi (Navas) así, de una, y solo nos dimos media vuelta. Llegamos a la puerta de su camerino y nos abrió él mismo. Le dije: “Hola, Pedro, soy Pedro”. El man me dio un abrazo y me dijo: “Te quería felicitar por ese trabajo tan lindo que estás haciendo y por ser tan valiente con la cuestión política”.
Le dije si podía hacerle dos preguntas. Nos hizo pasar al camerino y le dije: ¿cuál es tu disco favorito de The Beatles? y ¿cuál es tu beatle favorito? Su disco favorito es ‘Revolver’ y su beatle favorito es John Lennon. Nos pusimos a hablar de Lennon y el man me dijo que lo que le gustaba de él era su sensibilidad social y la valentía para ejercerla, así como la tienes tú.
De ahí comenzamos a hablar de música, de Caetano Veloso, y me contó que sí había escuchado mi concierto. Fue un lindo gesto. También le conté que en 2016 yo fui a su concierto en el Itchimbía y que le lancé al escenario un disco de El Cielo; vi cómo el CD golpeó el borde de la tarima y se perdió para siempre.
Él me dijo —y fue muy reiterativo— lo necesario que es seguir hablando de política, tener esa valentía, y me felicitó otra vez por la música. Después me fui.
Si a Bonfim se lo escucha enojado, es posible que su música se encierre donde el puño aprieta; pero si se lo escucha enamorado, ese mismo puño es la mano que aprieta el sudor de otra. Su mezcla de Corazón de guagua y Soy un detective subido en un burro hizo un toma y afloja en el nudo emotivo de quienes lo escucharon ese miércoles.
Le canta a Quito, a amores que no están, que se van, a luces prendidas en las montañas, a montes, tiempos y amigos que lo acompañan, pero siempre a los ecuatorianos que ilustran su camino: músicos, vecinos, amigos, novias, vaciles, impulsos y cuerpos santos que hoy ya se han despedido y renacen como manzanas.

Foto de Adrián Gusqui
Después de un intermedio de 15 minutos, Aznar arranca sentado ante la multitud, sólo iluminado por una luz en el techo del escenario. Antes de ello lo veo pasar por el último pasillo que da al escenario. Nos saluda a cuatro veinteañeros con un “HOLA” de padre y todos, al ver su figura alta, blanca y espectral, le devolvemos el saludo como a cualquier señor que apareció en nuestras vidas. Después de ese saludo a centímetros, tenemos 15 minutos más de intermedio, pero entre nosotros, para recalcular qué acababa de pasar.
La segunda parte del concierto inicia con el silencio absoluto del público, como si una figurilla celestial parase por dos horas frente a sus ojos. El grito de dolor de la muerte arranca el setlist, nutrido de canciones de The Beatles, Elton John, obras junto a Charly García, Spinetta y composiciones de autoría íntegra de Aznar. Ese silencio brutal que abre cancha a su voz y a los instrumentos describe el respeto que el público quiteño eleva sobre su figura. Cuando la primera canción termina, un aplauso inunda las butacas y Pedro saluda al teatro completamente lleno.

Pedro Aznar en el Teatro Nacional Sucre. Foto de Adrián Gusqui
Tras una quinta etapa —o quién sabe cuántas— de oro, los conciertos de Aznar y Serú Girán en versión junto a Lebón llenan lugares y no dejan espacio para las dudas. Sobre esto, Pedro comparte a Plan Arteria una semana antes: “Lo distinto es que ahora, en la adultez, tengo mayor conciencia del alcance de las canciones en la vida de la gente. Son un medio muy potente para comunicar ideas y emociones, y las que están verdaderamente bien hechas quedan durante varias generaciones resonando e inspirando. Ser un eslabón de esa cadena de cultura es uno de los mejores regalos de la vida”.
Allá donde el romance y la política se abrazan, se besan o viven bajo sábanas, hay una canción de Aznar que puede interpretarlas de memoria. Canción de Alicia en el país, de su etapa en Serú Girán, rompe las preguntas del público sobre si escucharían estas obras en vivo. Y sucede. La algarabía, el dolor y la emoción se juntan en un grito final que responde, a través de esta canción, qué tipo de país existe en nuestra memoria.
El concierto de Aznar es político. Es nostálgico. Es beatlemaníaco.
Con el mando de un looper, canta Because a tres voces. Todas de él. Esta misa nos lleva al clímax y, tan pronto como inicia el golpe, la masacre de sonidos avanza con obras junto a Pat Metheny o Raúl Porchetto, pero la puñalada entra verdaderamente en el cuerpo con Tu amor, de Tango 4 junto a García. Escucharla en vivo es tremendo.
Aznar dice que el amor por la música es una de sus convicciones para sostener su vigencia: “Y la convicción de que es un lenguaje transformador, a nivel personal y social. Y el respeto por el oyente; siempre he dado lo mejor de mí, sabiendo que para conmover a los demás primero se necesita ser auténtico y emocionarse uno mismo con la propia obra”.

Foto de Adrián Gusqui
La canción diez del concierto es A primera vista, una situación que trasciende el escenario. En la oscuridad se asientan los sueños como abrazos, como parejas que hoy se acuerdan de algo: un audífono compartido, un beso sinvergüenza. Esta canción de Chico César es un hijo compartido con Aznar, quien la ha cuidado de tal forma que motivó a mil extraños a creer en el amor cardíaco, ese que sacude en un instante y duele a través de voces.
Este momento es solo magia. Si alguien abriera una libreta vacía a oscuras y escribiera lo que siento, lo haría con la misma sangre que mi corazón ha bombeado por esta obra. O quizá el drama me atraviesa la noche, porque Aznar tiene esa lujuria ante el tiempo que lo vuelve infinito sin necesidad de ver el sol.
Cincuenta años. Para eso vino. Sus canciones saltan por el tiempo y las distintas versiones de Aznar llegan a nuestra cabeza con el mismo drama con el que el tiempo se queda entre recuerdos. Gente mayor de cuarenta, veinteañeros y adultos mayores conforman el público, cada quien con su aventura e intención.
Aznar ofrece un consejo para quienes están perdidos entre el tiempo y la creación: “Estar perdido/a es parte de la cosa. En el arte no hay certezas, hay un buscar a tientas sin garantías. Nunca bajen los brazos. Habrá momentos duros y momentos exultantes. De los tiempos difíciles se aprende mucho más. Sean fieles a lo que piensan y sienten. No tengan miedo de decir su verdad. La necesidad de agradar a todo el mundo es un espejismo estéril”.

Foto de Adrián Gusqui
En el trayecto final aparecen Rencor, Quebrado, Barro tal vez y Strawberry Fields Forever. Luego desaparezco entre los pasillos del Sucre para despedirme de una persona. Escucho los ecos del concierto mientras le pregunto algunas cosas sobre los discos de Aznar y regalo uno de ellos con medio trocito de corazón en mis palabras.
Allá donde todo late distinto, escucho a Aznar de fondo mientras no sé qué palabras estoy armando. Nombro ideas, escucho letras, pinto la luz cálida del pasillo. La alfombra que piso es cómoda, tanto que cierro el trato del que hablo y no hablo en este párrafo con un abrazo y un semifin. El tango y el té saben igual, pienso. O tal vez sigo extasiado de una forma que no entiendo.
Vuelvo al público y Aznar se va. Engaña dos veces con el final, pero las luces no se prenden; entonces vuelve y toca algunas canciones más. En total, interpreta 22 canciones. La última es Cuando el amor, una obra de teatro en forma de canción. Dirige una orquesta imaginaria mientras le canta al público con una sensibilidad que parece susurrar cada aliento al oído.

Foto de Adrián Gusqui
Imponente en vivo, termina con varios minutos de agradecimiento al público ecuatoriano, que se pone de pie para despedirlo. Algo similar —y que casi olvido— también pasó con Bonfim.
Verlo irse en esta ocasión es icónico. Su labor está hecha. Nadie se permite la tristeza; lo visto y escuchado ya vive en sus historias.
Días antes le pregunté si, desde Serú Girán, era consciente de la influencia que causaban en el continente: “Creo que si nos hubiéramos detenido mucho en eso, nos habríamos congelado por la enorme responsabilidad. Felizmente fuimos ‘sabiamente inconscientes’. Hoy sigue siendo una emoción muy grande ver que esa música ha trascendido generaciones”, dice.

Foto de Adrián Gusqui
La noche está a la puerta del teatro. Los grupos de amigos se encuentran en la frialdad de la Plaza del Teatro. Marcan las 22h30. Algunas cosas nunca cambian; otras están permitidas repetirlas. Esta noche, por ejemplo. Ojalá hubiese sido un loop.
Por último, Aznar no descarta que Serú Girán venga a Ecuador en 2026. Dice que le encantaría y llama a todos a “cruzar los dedos”.
