Texto: Vanessa Bonilla
Baterista de larga trayectoria, productor, mixer y figura clave de múltiples proyectos musicales, Ernesto Karolys (El Ruso) nunca buscó el centro, siempre estuvo atrás, siempre sosteniendo el ritmo. En una conversación de dos horas, repasa su recorrido, su relación conflictiva con la exposición, sus derrotas, sus victorias y el nacimiento de Hipsteria, un proyecto que lo enfrenta a la luz sin traicionar su esencia.
Ernesto es tímido. Siempre lo ha sido. Quizá por eso eligió la batería: un lugar desde donde podía hacer lo que le gusta sin exponerse del todo, controlar algo cuando todo lo demás parecía desbordarse. Sin embargo, esa tarde, en el estudio de grabación que está en su casa (junto con sus tres gatos, Taco, Cat Stevens y Wasabi), a una semana de presentar su primer EP como compositor, habló. Mucho. Y cuando lo hizo, lo que apareció no fue solo la historia de un músico con treinta años de experiencia, sino la de un cuerpo atravesado por la música como refugio, como afrenta, como salvación.
Karolys pasó buena parte de su vida atrás, literalmente: detrás de la batería, detrás de otros nombres, detrás de proyectos colectivos que marcaron la historia reciente de la música ecuatoriana. Cruks en Karnak, Biorn Borg, Can Can, Lolabúm. Hoy, con Hipsteria, se mueve, no sin incomodidad, hacia los reflectores de entrevistas y fotos. No desde el ego, sino desde una necesidad: la de tocar sin red, sin metrónomo y sin estructuras rígidas.
“Cuando improvisas no hay tregua”, dice. Y esa frase podría resumir su manera de estar en el mundo. Cuando le pregunto por eso de la violencia musical. Me indica que esa violencia no es una agresión vacía, sino la intensidad al tocar con otros pares cuando estás en el escenario. Como un estado en el que la música te toma, te sacude, te arrastra a un lugar del que no estás seguro de salir intacto. Nueva York (NY) fue eso para Ernesto, un territorio hostil y fascinante, donde tocar implicaba afrontar, no pedir permiso.
“Allá está lo mejor del mundo”, lo dice, con absoluta certeza. “Y eso te curte. Te obliga a seguirles el paso”. Esa violencia, la del jazz más crudo, la de la improvisación sin concesiones, terminó filtrándose en su forma de tocar. Un jazz que incomoda. Que tensa. Que no explica demasiado.
Cuando habla de Hispteria, me dice que antes, el formato era otro: guitarra, teclados, bajo y batería, todo amarrado al metrónomo. Hoy, se mueve en clave jazzera: guitarra, bajo, batería y saxofón, todo en vivo, todo expuesto. Hay una melodía inicial, el head, luego la caída al vacío de la improvisación y, al final, el regreso. Una estructura que hoy les funciona y que les permite atarse a ese reto de ensamblarse como banda.
No es casual que los músicos que lo acompañan en esta etapa de vida hayan vivido también en NY. Entienden ese lenguaje. Entienden que tocar es la entrega total.
Pero ¿cómo llega a este punto El Ruso? La música apareció temprano. A los tres años llegó de Rusia a Ecuador. En algún momento, ya de adulto, encontró un viejo cassette Betamax que veía de niño y que recuperó cuando murió su abuela: grabaciones de MTV de mediados de los ochenta, Michael Jackson, New Kids on the Block, entre otros. Era fan del pop en su infancia. Después vino el bullying colegial. Y entonces sus amigos le mostraron el metal: Metallica, Pantera, Megadeth y, más tarde, Dream Theater, una banda que, en lo técnico, les voló la cabeza.
Cuando sus padres se divorciaron, a los doce, en un intento de recomponer algo, le pagaban clases de batería, le interesó este instrumento porque el hermano de uno de sus mejores amigos, que hoy es médico, la tocaba. Ahí ocurrió algo decisivo: cuando todo parecía fuera de control, la batería era lo único que podía gobernar. Armó una banda en el colegio y tocó en kermeses, intercolegiales, encuentros improvisados con pizza de por medio. Nada profesional. Todo vital. Ser baterista le permitió algo más: el anonimato. No le gustaba que lo filmen. Con gente nueva era retraído. Desde atrás podía ser intenso sin ser visto del todo.
Y aunque siempre supo que debía estudiar música, el camino no fue lineal. Vivió con sus abuelos luego del divorcio de sus padres y la idea de estudiar música en la universidad no alegró a todos, así que inició por la gastronomía. Me cuenta que empezó a correr una carrera en desventaja, tenía cierto nivel, pero sabía que estaba debiendo. Quienes estaban ahí sabían cosas que él no. Luego se pasó a marketing y, finalmente, tras hablarlo solo con su madre, decidió cambiarse a música.
Ahí se reencontró con Andrés Benavides, a quien conocía desde los doce años porque compartieron el mismo profesor de música, Eddie Mejía, y habían ido juntos a campamentos de percusión. De adolescentes, Eddie creó Los Tamborileros, un proyecto que luego vendió a la LIGA: iban al estadio con redoblantes, montados en barras inéditas, y les pagaban por presentarse.
Ernesto había parado de tocar durante dos años y fue en ese momento que volvió a sentir ese gusto, esa alegría física que le provocaba la música. Se encontró también con Daniel Mancero y Toño Cepeda, tomó formalmente la carrera de música y empezó a involucrarse en varios proyectos. Uno de ellos fue Fábrica Jazz, con el que tocaban en el Pobre Diablo. También participó en el proyecto Cabo Frío, con el que grabó un disco sin saber muy bien qué estaba haciendo, porque todavía estaba estudiando. Ahí se enlazó con Ivis Flies y Danilo Arroyo. Tocó primero como reemplazo y luego se quedó en la banda de covers del bar Acústica, junto a Denisse Santos, Toño Cepeda, Julio Cármenes, Ivis Flies, Diego Carvajal y Jorge Silva. Tocaban jueves, viernes y sábado en 2002. Ernesto recuerda esa etapa como una época divertida y de mucha borrachera. Ivis vivía en el mismo conjunto que Sergio Sacoto, y ese vínculo lo llevó a audicionar para ser el baterista de Cruks en Karnak. Benavides se quedó inicialmente con el puesto, pero se fue a Berklee y el lugar terminó siendo de Ernesto.
En esos años de universidad, tocó con Cruks en Karnak y, a los 23 años, empezó, según él, su verdadera carrera musical. Largas giras, escenarios precarios, un camión abierto convertido en tarima, pueblos pequeños donde todo sonaba mal y había que hacerlo sonar bien. Ahí aprendió una ética que lo marcaría para siempre: hacerlo funcionar, pase lo que pase. Luego vinieron Verde 70, Juan Fernando Velasco, Danilo Parra. Y, finalmente, NY.
Pasó de vivir con sus abuelos a vivir con su madre. Llegó en invierno. No conocía a nadie. Dos horas y media de viaje diario. El nivel era brutal. En su primera clase fracasó estrepitosamente. La teoría no era su fuerte. El jazz académico lo golpeó donde más dolía: en la inseguridad. “No me creía bueno”, confiesa.
Recuerda su paso por el colegio en donde muchas veces se quedaba sin vacaciones. Vivía con el miedo de no alcanzar. Lo mismo hizo en NY, estudió mucho para poder dar la talla, pero su maestro al parecer no reconoció ese esfuerzo, lo piensa también desde su ejercicio de docente hoy. Recapitula sobre este recuerdo y me cuenta que, en uno de sus recitales, un profesor legendario lo felicitó, ¿entonces, no era tan malo?
Mientras todo esto pasaba, no cortó su relación con Ecuador. Desde la distancia, ayudó a conectar a Biorn Borg con Dean Baltulonis para coproducir, entre la banda y Dean, Todo se destroza (2009). Luego vinieron las giras con Penguin Prison y Little Daylight por Europa, Estados Unidos, México, Chile, Colombia, Brasil y República Dominicana, durante alrededor de dos años. Meses fuera de casa. En ese tiempo también dejó de vivir con su madre y pasó a compartir vivienda primero con roommates y luego con parejas.
En las giras con Penguin Prison se iba por un mes entero. No era como en Ecuador, donde volvías a tu casa y tocabas jueves, viernes y sábado. Estados Unidos es un gran país, manejaban hasta trece horas, llegaban, bajaban todo el equipo de la banda, armaba la batería, hacían la prueba de sonido y luego tocaban, hacían el show, guardaban, comían, dormían, salían otra vez. Todo transcurría en un limbo extraño. Y luego, regresar a casa después del show y volver a la vida cotidiana era, a la vez, chévere y raro: algunas cosas se extrañaban, otras no.
Hay un momento de pausa en esta charla. Afirma que Biorn Borg le gusta, pero lo dice con una imagen precisa: “es como esa chica de la que dices con esa era y terminaste”. Mientras él estaba cursando la universidad, veía cómo la banda la rompía y se cuestionaba su decisión de haberse ido a NY. Pero, al mismo tiempo, mientras giraba con Penguin Prison, conoció a alguien que trabajaba en el estudio con Henry Hirsch (productor de Lenny Kravitz, Madonna y otrxs). A través de ese contacto lo llevaron a grabar con Bryan Cho, un artista de Corea del Sur, y ahí conoció a Hirsch, quien sería el ingeniero de sonido del Muerte Súbita (2012). El amigo de Ernesto, Kia Eshghi, fue el productor. Karolys grabó la mitad del disco y la otra mitad estuvo a cargo de Bastián Napolitano.
Regresamos. Ciudades nuevas. Cuerpos cansados. Una vida suspendida entre escenarios y carreteras. Después vino el desgaste. Las bandas se disolvieron o cambiaron de nombre. La visa se volvió un problema. En 2018, junto a su pareja, Vanessa Terán (Nessa), decidió volver. El regreso fue caótico, burocráticamente hostil. Y emocionalmente devastador y también seguía pensando que era el peor baterista, aunque ya había logrado cosas y girado con bandas. Pero nació en Rusia, creció en Quito en la época del grunge, con música ecuatoriana, entre montañas, por algún lado se iba a deprimir, reflexiona.
La gente cachaba que era estricto y exigente en términos musicales cuando estaba en Ecuador y esa reputación le permitió que respetaran su trabajo y que lo invitaran a producir varios proyectos. A partir de 2015 se enfocó en la grabación, producción y mezcla de proyectos propios y de otros artistas, Verano en coma (2017) de Da Pawn, Un Futuro Mejor (2021) de Tripulación de Osos; y Muchachito Roto (2023) de Lolabúm. Fue co-productor junto a Mauro Samaniego de Dreams of Peaches and Pearls (2021) de Nicolás Pozo, así como de El eco eterno (2023) de Cometa Sucre y en El Elegido (2025) de Mauro Samaniego. Produjo de manera íntegra el tema “Ahórcame a 80 BPM” (2022), uno de los hits de la banda Cementerio de Elefantes. Como mixer, ha trabajado en Muchachito Roto (2023) de Lolabúm, Miss Nadie (2025) de Sin Misterio, y Play Standards (2024) de Pies en la Tierra.
Paralelamente, luego de la maestría no tocó en bandas de jazz, porque quedó tan traumado con las formas del jazz y sus límites académicos. Le gustaba ir a los shows de jazz moderno y le encanta improvisar. Muchos años más tarde volvió a tocar jazz.
Pero había una constante en estos años, a pesar de tantos cambios, la depresión. Esta no apareció de golpe estaba ahí desde siempre. La herencia emocional familiar, la exigencia, la sensación constante de no ser suficiente. Al volver a Ecuador, Nessa le pidió que fuera a terapia. Ahí entendió algo clave: la sensibilidad que te permite hacer arte también puede llevarte a lugares oscuros. Pero si está bien cuidada, puede ser potencia. “No me creo el mejor baterista”, dice ahora. “Pero sé lo que puedo y lo que no”.
Pero mientras pasaba todo esto, entre NY y Ecuador se construía Hipsteria (desde 2016), nació en esos tiempos libres, como una necesidad de encontrarse. Primero fueron demos hechos en computadora. Luego, el deseo de llevarlos al cuerpo. Al escenario. A la improvisación real. El proyecto estuvo a punto de morir. Hasta que, por impulso de Nessa, postularon a los fondos del Instituto de Fomento de las Artes, Innovación y Creatividades (IFAIC). A pesar del miedo a la burocracia. Algo encajó. La banda se armó. La improvisación fluyó. La violencia musical volvió a tener sentido.
Hoy, Hipsteria es eso, una música que incomoda, que no explica, que exige al oyente. Un jazz fusión que cruza rock, punk, indie. Un proyecto que no se parece a mucho de lo que suena en Ecuador.
Ernesto no espera masividad. Espera intensidad. Que alguien, aunque no escuche jazz, salga del show sin entender del todo qué pasó, pero sintiendo algo. Emoción. Vértigo.
Después de tantos años, sigue ahí. Tocando. Produciendo. Acompañando a generaciones más jóvenes. Descubriendo que también puede hablar, aunque le cueste. Que puede estar al frente sin dejar de ser él. Tal vez Hipsteria no sea un comienzo. Tal vez sea, justamente, el principio del fin: el momento en que se dejó tomar por el escenario y tocar con todo el cuerpo.



