Texto: Adrián Gusqui | Fotos: Manuel Velez – Redes sociales de Jorge Drexler | Reseña autorizada por nadie, ni por su autor.
El último disco de Drexler es una casa en llamas por la fiesta y el duelo, pero sobre todo, es celeste y blanco pintado a rayas.
Drexler es un roble viejo que creció en los rincones fértiles de Sudamérica, aunque sus hojas ahora caigan en estaciones europeas, volver a casa para él siempre es una opción.
En ese sentido, su último disco: Taracá, es un grito de pertenencia sobre la América actual y sus hogares prestados, un símbolo de que las adaptaciones ocurren de norte a sur, sin olvidarse del centro y el mar Caribe. Es el lenguaje que se sigue escondiendo sobre la historia, los reclamos, el romance drexleriano y este golpe atípico por dejarse doler hasta tener nuevas ganas de sentir. Pero sobre todo es Uruguay, el candombe y una vista de lado que Drexler ha hecho de su patria para que los hilos de su historia musical se lleven a todos por el Atlántico. La forma más linda de que suene a hogar, es que lo grabó en su país de nacimiento.
¿Qué será que es? No inicia ni termina el álbum, pero le da todo el sentido. Este disco también es una celebración, como si el uruguayo hubiese decidido armar una noche de fiesta en su casa y cada canción fuese una etapa de la borrachera.
En Taracá, yo le pido a la noche que me alimente de suerte y para ello: Toco madera. Que aquella suerte no sea mi karma. Sólo quiero Amar y ser amado, incluso cuando la bebida me ponga libre, loco y patriota, enseñaré al desconocido que nuestra fiesta no para ni la prohíben las reglas, por eso: Ante la duda, baila.
Te llevo tatuada es una canción que debería tener un disclaimer: NO LA DEDIQUES MÁS DE UNA VEZ. Esta bala —porque te va a doler sobre la piel— sacude a los románticos de canciones ligeras y de ventana de bus. Young Miko entrega una profunda crueldad sobre el romance, sostenida por Drexler como un cable a tierra. Fan de Puerto Rico, del presente y pasado de esta tierra ambigua, Drexler convirtió a Miko en su perfecta compañera para hablar del amor a través de los duelos que no desaparecen. Es importante apreciar el tino de Drexler para llegar al punto correcto cuando se junta a otro/a. Se parquea como un secundario, como alguien que deja a su pareja crecer y conectar con libertad dentro de la obra.
Igual, y digo esto desde la lejanía. Quizás en el estudio se odian y todo es un juego mercantil. ¿Pero la hermosura no es tan evidente a veces? Yo creo que si la química humana tuviera colores, a Drexler y sus feats los abrazarían arcoíris saturados.
Cuando cantaba Morente revela el destello europeo de Drexler, quien hace casa en el mundo a través de las canciones. Nostalgia, sentimiento que rasga la garganta y fades que desaparecen en el alma. Parece una canción de luto, que vive en todas las memorias inquietas del adiós. En este momento de la fiesta, llegan los fantasmas del mareo y el sudor que quiere juntarse a un cuerpo para sacudirse entre las paredes de la casa de Drexler.
Este disco es un hogar. Cama de varios. Instantes de muchos. Incluso tiene ese sentimiento grupal que El Madrileño contagia. Pero no es El Madrileño ni de cerca. Huele, te lo recuerda, pero es y sigue siendo Jorge Drexler, un latino que habla por y con el mundo.
El tambor chico lleva a todos a la ruta. A la ruta uruguaya bajo el ritmo de estar acá. De tar acá, como ha bautizado Drexler a un disco que apasiona a cualquiera que quiere estar en el instante o finalmente poner pie en los sitios donde siempre llamaremos casa.
El candombe es su hogar. Para Rolling Stones, el músico dice:
“En este disco aprendí mucho del candombe: una de las más importantes es que sigue siendo un género que excede por lejos lo musical. El candombe es una vivencia, una disciplina espiritual, con un componente identitario muy poderoso, social, comunitario, que tiene muchos aspectos con los que entré en contacto más allá del componente musical y rítmico”.
El taracá, taracá, taracá son los dedos chocando entre sí mientras la planta del pie descubre a besos el calor del suelo. Es la fiesta en su punto, cuando las ambiciones son los mareos y las sonrisas se atoran sobre el rostro ajeno.
Nuestro trabajo / los puentes es todo lo que un epílogo debe ser. La fiesta está acabando, los taxis hacen fila en la calle, los abrazos se golpean los cuerpos con segundos anormales. Algunos quedan en los rincones de este hogar sintiendo el amor de los finales y, bajo la música que suena, piensan en el mañana y las sábanas ajenas que los arroparán.
Las palabras: «La gente pasa, pero las palabras quedan«.
Es simbólico que el ritmo inicial tenga la misma intención de Toco madera, pero con la vuelta a un lado. Esa intro de duelo constante, reciente y duro conectan con el adiós que Drexler dio a su padre, a quien dedica el disco. Esta canción es irse de un lugar, persona o instante. Este final es justo y astuto, como si aquel hogar que construimos sobre la noche cayera de a poco ante el viento de la madrugada. Y los sobrevivientes de la Taracá usaran la palabra para inmortalizarse. Y eso es todo. Esa es la vida, maldita sea. En el final quedan los ecos que importan y los consejos que explican.
Este disco tendrá que hacer raíces sobre los monumentos de discos pasados de Drexler. ¿Cómo se ama? Podría estar en cualquier disco suyo. Es la etiqueta que no desaparece en su música. Si hay un ejemplo de canción promedio suya, es esta. Y no está mal ubicarse con un promedio entre su propia obra; al contrario, su bandera es reconocible en cualquier nación.
¿Hay alguien A.I.? es la canción que menos me convenció. Es un juego de palabras inteligente sobre la tecnología y estos discursos ante la actualidad que acostumbra el músico, pero es una canción que no llega a representar mucho más que una crítica liviana hacia las formas de aprender y sostenerse en el mundo actual. Yo sí quiero aprender con Drexler, me quedo con Ante la duda, baila. Agradezco tanto que no le haya puesto este nombre al disco, tal como lo tenía pensado. Quizá soy yo, un simple hater de las cosas sin piel, pero no puedes darle tanta historia a los códigos, aunque la telefonía te haya funcionado en los ayeres. Yo creo que Drexler pecó de hablar de los objetos tecnológicos en el pasado, porque nosotros intervenimos en ellos, un ejemplo, son los románticos salvapantallas, pero también está eso sobre el cajón de sus canciones, que para hablar de Drexler hay que gritar nostalgia y melancolía. Con la IA, la única esperanza es que nunca la extrañaremos.
Quisiera que este disco me atacara enamorado. Es un banco de inversiones para todas las etapas del romance. Porque una fiesta también es ello. A mí Drexler me llegó cuando menos necesitaba sentir y hoy, que parece el mundo un sitio de acuarela, es que, incluso la portada de su nuevo disco, me emociona hasta las sonrisas dientonas.
Es lo que es Drexler: un consejero para ideas de borrachera.
