La agonía de un fumador

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Texto: Adrián Gusqui | Fotos: Cortesía | Reseña autorizada por nadie, ni por su autor.

Nicolás y los Fumadores. Algunas veces pienso en ser sus canciones. Algunas otras, quiero vivir en ellas. Este disco de 2022 es la excepción: quisiera morirme escuchándolo.

Hay un momento en mi vida en el que reproduje un disco hasta que este, como cuero mal llevado por el sol, comenzó a abrazarse a mi piel. Fades justos, canciones que eran luz y un día en la Bogotá oscura para una unión donde el dolor de un adolescente se transmitió a los arañazos de la adultez.

Dios y La Mata de Lulo o ¿Qué hacer en caso de que haya perdido la luz? es un juego del diablo, como si el monte se tragara la luz del sol y en la noche maldijera el silencio a gritos. Es un disco, porque lo he escuchado más de 25 veces completo, espectacular. Un alimento a la cruda inanición, un seco desierto en medio del mar. Son las palabras infinitas de cualquier sinónimo. Es la puta creación de la calle sudaka.

Dios y la Mata de Lulo (Instrumental) y El Sol son la conexión perfecta entre el cariño, algún golpe y la agonía. Es algo así como tirarse un pepazo y esperar que la sangre se disperse por el cuello. Su aura de final justifica los casi 15 minutos de música y, sin reclamos al tiempo, aunque sea larga la obra, está hecha para repetirla en todos los momentos absurdos. Este riesgo hizo a este disco el más denso de Nicolás y Los Fumadores y también los lanzó al respeto no solo colombiano, sino al de aquel culto liviano de lo alternativo en internet, y es que alguna vez alguien tuvo esta conversación:

«Ah sí, ah sí, ¿cachas a esa canción de 11 minutos de una banda colombiana que en todas sus entrevistas salen fumando?»

El Verano… dios. Si alguna vez alguien me pregunta a qué sabe Bogotá, le diría que pensara en la cantidad de próceres que tienen en sus billetes, pero sobre todo, en esta canción. No más que decir, que la canten los que saben, que en las canciones es donde uno encuentra a sus héroes.

La Lluvia me enseñó a que no todo invierno se transita en soledad. Y que el bajo twin peaks de Nicolás es un regalo al oído. Sus bajadas, sus depresiones, aquella manera de que la voz no mueva nada y la guitarra destroce lo creado, hacen que esta canción sea un sentimiento de carne, como un vuelo gigantesco hacia el alma ajena. Es algo así como desprenderse de cualquier recuperación y fanatizarse por la crisis. Ocurre que su nombre, tal como lo dice, son las gotas llenas e incontrolables de sufrimiento que estas canciones dejan en nuestra memoria.

El Túnel es valorado como se debe. Canción de detectives salvajes. De poetas optimistas. De sudamericanos que se cansaron de soñar con Europa porque nuestro tercer mundo a veces es un necio. Ustedes, si escuchan esta canción, ténganlo por seguro: aprenderán a sospechar de todo.

El Sueño de los Justos es una canción que podría estar en cualquier disco de Lolabum. A mí, esta idea de que detectives escribieron este cuento no me la quita nadie. Y este consejo en forma de discurso toma el concepto del disco como un duelo aparte, en el que la fragilidad de un cuerpo vuela sobre la tristeza. Y ese final desafinado, bajo una base de canción de cuna-navideña, convierte a esta obra en uno de esos sitios circenses donde Nicolás y Los Fumadores ha hecho historia sin que nadie se ría de sus bromas, sino llore, porque los payasos tristes también necesitan a alguien que los anime.

La Gloria es aquella obra donde la esperanza no está perdida. Si el tiempo es un trozo de tierra sobre la montaña, tan seguro y fuerte sobre los terremotos, esta canción es la fragilidad de sus partículas. Preciosa forma de decir que aprovechemos el tiempo que nos queda, aunque no hayamos iniciado, que la muerte recorre la piel de todos los amantes en cada momento de desnudez. Eso es La Gloria, un orgasmo que buscamos siempre y que, cuando está bajo nuestros dedos húmedos, desaparece con angustia.

Abrázame después de hacer el amor, que La Gloria está sonando, y si la muerte nos descubre, no me quiero ir a solas.

La Pena (Bolero Veraz) fue una de las primeras canciones donde Nicolás dejó de ser una banda indie sin cuerda. Cuando se pusieron el disfraz del amor y la traición, supe que esta banda tenía el verbo absoluto del rompecorazones. Sin duda, esta canción se convirtió en una manera sencilla de terminar con alguien que no se ajustó a los buenos viejos tiempos. Alguna vez pregunté por David Andrés Garzón y es lo que fue, un símbolo del hijueputismo latinoamericano. Si usted quiere decir adiós, no levante la mano ni la bata en forma de molino, sepa que enviando esta canción está diciéndole hasta nunca a lo que nunca fue.

La Pálida es el momento entre los 19 a 26 años donde unas noches de algunas semanas de un mes —o varios— se convierten en el hueco dentro de la habitación al que, por curiosidad, nos adentramos con vergüenza y pasión. Es tocar fondo, es avivarse con los llamados de la muerte o sus simulacros provocados —la pálida, pues, la pálida—. Esta canción revela un santo deseo por no desaparecer a base de preguntas que no tienen respuesta. Nadie más que uno puede saber, más o menos, lo que pueden significar. Y así, como arranca la valentía por experimentar, este clímax rockero se ajusta a los viejos alegatos del miedo. ¿Será que me voy a morir?, canta la pregunta. ¿Será que llamo a mi mamá?, teme la duda de la única diosa que puede responder.

Es una canción que pudo ser más corta. Sí, ya sé, me voy a morir. Dame unas respuestas claves, que no quiero influenciar tanto en mi desesperación.

Último Servicio responde a la vibra de este disco como un cura que habla entre los puentes del cielo y el infierno mientras la agonía nos ha ganado la lucha. Este cuento discreto de despedirse de la vida toma mucho sentido mientras avanza e incluso las canciones suenan con más debilidad, como si cada canción fuese un músculo apagándose o intentando despertar de golpe. Su estilo de ser un discurso de vida o muerte hace de esta canción la despedida perfecta para cualquier lío que no hayamos respondido en esta obra.

¿Por qué será que uno sigue hablando cuando ya no tiene más que decir?

La Fe es la fe. Y con ese argumento de mierda termino esto.

O bueno, no. La Fe es la vuelta de la tortilla a un disco muy triste y agónico, en el que siempre me sentí bajo el ruido de una vereda rota. Cuando toda la nostalgia ha decidido desaparecer, en esta canción lo único que es real es el presente, las cosas que aún tienen sentido, la voz de su vocalista que, a pesar de no ser el mejor en lo que hace, tiene la voz perfecta para la banda que cosechó. Y eso, permítanme decirles, es el estilo que hace a Nicolás y Los Fumadores mi banda favorita de los 27. Un año donde cualquier excusa te mata, cualquier traición te acompaña y nada, pero nada, tiene la seguridad de un abrazo conocido. Un año en el que incluso las promesas que no se han dicho pecan por desaparecer.

Y este disco es lo que este último párrafo responde, uno para antes de los 30.

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