Texto: Adrián Gusqui | Fotos: Cortesía | Reseña autorizada por nadie, ni por su autor.
El disco salió en San Valentín del 2020. Tiene amor, tiene DIY y tiene pendiente todos sus misterios.
Antes de escribir esta introducción, hice cinco intentos y ninguno se pareció a lo que estuve pensando todos los días que lo intenté. Pero lanzaré una idea: este álbum es la mayor prueba de destrucción emocional que alguien intentó recubrir como disco de amor. También es una muestra de libertad como músico para Bonfim, quien antes de esto ya era alguien, pero después fue solamente él. Digamos que, en este disco, Pedro se convirtió en un artista que no necesitaba rebuscar más allá de su propia vida para demostrar que estaba de pie.
«Soy un detective subido en un burro« podría ser uno de esos discos que desaparecen después de una guerra (un duelo o una mudanza), como la leyenda de alguien que ya no tiene nombre. Un casete. Un princo pirateado. Los 100 megabytes de una flashmemory. También podría morir en la memoria de a quienes fue dedicado. Tiene la esencia de un misterio y el rostro de una primera vez. El cálculo de sus errores y la inocencia de su talento le dan raíces muy exactas a todo el álbum: puede no gustar nada, pero también puede encantar obsesivamente. Hay canciones tan difíciles de escuchar que vivir en ellas se convierte en una prueba de fidelidad, pero hay otras que ni el diablo se saltaría. Su equilibrio entre oro y bronce creó una cantidad inmensa de necios en la defensa de Pedro, que seguramente dicen: “sí, escúchalo, este man es increíble, es el mejor músico del país porque nadie está haciendo lo que él hace”. Y lo que él hace es simple: hacer lo que le da la gana.
Hay músicos que nacen con la estrella de Midas: tocan, oro; piensan, oro; se estrellan, oro. Muchas cosas se parecen a la suerte, es lo que creo, otras, sólo son fruto de las coincidencias. Y, para finalizar esta introducción, puedo decir que no hay nada mejor que disfrutar de las colisiones del artista, porque en algún momento serán usadas para explicar nuestra vida en alguna corte.
“Desde que te fuiste” es la canción de la gran despedida: de los sudores después de miles de caricias, de cinco noches y seis días encerrados en un cuarto sin querer ver más allá de las cortinas. Dura solo un minuto y su letra apenas describe una rutina de enamorados, pero tras esa inocencia entendemos que esta canción no trata de abrazarse durante esas cinco noches, sino de extrañar todo lo que ocurrió en las horas perfectas. ¿La dediqué? Sí.
¿“Hola, te amo”? Soy un adolescente subido en un burro.
“Nena”. Cuando escuché a Bosé en vivo pensé automáticamente en esta versión. Las voces son mundos separados por diez galaxias. La sensualidad: padre e hijo lanzando una pelota de fútbol hacia el gol. Hacer un cover de Bosé debe ser un juego corporal divertido para el artista, porque la voz importa poco; lo que realmente se valora es la intención de deseo tan fuerte que una canción así puede provocar en otros cuerpos.
Jamás la dediqué, pero se la mostré una vez a mi mamá. Se asustó.
“Débil como una piedra” se la dediqué a la ex que más quise, al amor de mi vida. Y con esto digo la mitad de mi opinión sobre este disco. Muchas veces fui a conciertos de Bonfim solo por esta canción y, cada vez que lo hice, la canté gritando o muy tímidamente, dependiendo de la distancia entre paredes. Pedro compuso una de las mejores canciones que he escuchado en mi vida: aquella en la que el cuerpo habla para convencer al corazón y los terremotos internos son incontrolables. Aquí, el amor no es tanto una bendición como una trampa. En su historia hay un juego de cartas: con una mano se intenta sostener la memoria de ambos y con la otra, la de uno mismo. Es una cuestión hecha para los imposibles. Puede convertirse en la rockola más puñalera después de terminar con alguien. Tiene el espacio exacto para sentir y olvidar al mismo tiempo. También es una pesadilla: los escalofríos después de perder lo que nunca se ganó.
“Tan lejos desde tan temprano” es una de esas canciones que no soporto. Es una canción de detectives. Su desarrollo parece no querer explotar nunca y, cuando lo hace, se convierte en una serie de sirenas que hostigan a quienes se quedaron en el “romance” de la canción anterior. Aun así, creo que está bien que sea fea, porque le da ese color de desacato al disco y nos cachetea diciéndonos que no estamos escuchando una obra pop, sino la cabeza desordenada de alguien en duelo.
No la dediqué.
“Tesoro”. Qué hijueputa.
La dediqué sin enviarla. Era el ibuprofeno de estas hinchazones.
Si alguien puede hablar de tristeza profunda, esta canción es un llamado a lanzarse del balcón. De un amor tan grande no se sale sin heridas. Esa frase resume el dolor que tres elementos básicos acompañan durante toda su duración: cuerdas débiles, la voz funeraria de Pedro y ecos extraños. Forman una obra que puede escucharse cuando la cabeza se esconde con vergüenza entre las piernas, propias o ajenas. Es necedad. Es la fe de no morir, aunque la bala ya haya tocado la sangre.
Muchas de estas canciones son desastres naturales con rostro humano. En “Tesoro”, la lluvia se convierte en tormenta mientras desaparece sin disculpas por habernos mojado.
“Aprende a amar” es como si Daniel Johnston hubiese nacido entre montañas y terrazas del Centro Histórico. Para mí, esta canción representa las promesas de una relación que ha vuelto y confía en sostenerse en ellas. Es una cancioncita honesta, llena de inocencia, porque habla de algo que jamás volverá a ser como al principio. Pero si el corazón insiste en nuevas oportunidades, ¿por qué no darse otro golpe?
La dedicatoria de esta canción debería pensarse con la finura de una caricia en la planta de los pies.
“Pale Blue Eyes” es el cover que Pedro le hizo a The Velvet Underground y, personalmente, es la canción que siempre me salto y que jamás quisiera escuchar más de dos veces en un mismo mes. La voz de Bonfim aquí es osada, hace lo que quiere: es un cuarto destruyéndose en la cabeza de alguien que ha optado por la locura. También creo que rechazar canciones de este álbum, pero al mismo tiempo amarlo, me recuerda a cuando aceptamos lo que nos toca tal como viene: con pocas oportunidades y muchas veces elegidas a ciegas.
Está de más decir que nunca dedicaré esta canción, a menos que las circunstancias y unos ojos cafés se atraviesen.
“No te robes a mi chico” no fue parte del lanzamiento oficial, pero después de decisiones llenas de honestidad, formaron familia. Esa familia de verdades que en su letra exhibe la persona que motivó este disco. No hay que ser un genio para identificar quién es quién en este delito. Aquí no hay a quién dedicarla, porque, en sí, es la dedicatoria de Pedro a su poeta y a su duelo. El dato evidente es que este es el hijo desordenado de Dios mío estoy in love de Lolabúm.
«Soy un detective subido en un burro« es un disco icónico de nuestra música. Nació en una terraza, poco antes de que iniciara la pandemia, semanas antes de que visitara al amor de mi vida en Loja, y lo escuché en MP3, en un drive. Ese día me desperté con un mensaje de Pedro pidiéndome que lo entrevistara; después sentí que se arrepintió, pero insistí porque sabía que esto era histórico. No jodía: en serio lo sabía. Y ahora lo sé.
Hay canciones que amo más allá de la razón y otras que me parecen intentos adolescentes que no terminan de significar del todo, pero ese contraste le da al disco un carácter bolañesco, cargado de una honestidad brutal. Es un artista rasgándose la piel mientras el sol quema la carne viva. Algo que ocurre una sola vez.
Después de su lanzamiento lo escuché con cariño: había algo de mí en él, quizá algo que aún no logro explicar. También visité varias veces el grafiti de su portada y sueño con que en Ecuador hubo un Charly que no se llamaba Charly, sino Pedro y que encontró en una pared la razón perfecta para entender que sus duelos estaban empezando a terminar.
Años después recibí otro MP3. Pedro quería lanzar un nuevo disco, pero al final —y esta vez sí— se arrepintió. Se extraña esa impulsividad de simplemente ser, pero entiendo que ahora hay más voces guiándolo. Ese disco es el lado B del que hoy leíste y solo existe en un audio larguísimo de algún chat de WhatsApp o en el casete del álbum, con el siguiente setlist:
Lado B
- Cantamelomami
- Hice una lista
- Aprovéchame
- Cuarto de siglo
- El próximo año
- Soy un detective subido en un burro (sin trabajo y sin talento)
- La mejor canción de amor (de este mundo, la mejor)
No es sano escribir sobre chismes que aún no se comparten. Cuando ese disco salga, podremos hablar juntos de sus historias. Les dejo un spoiler: los discursos de premiación jamás van a desaparecer, la poesía de cuarto de siglo y la musa, tal como Polibio Mayorga, tampoco lo van a hacer.
Quisiera escribir toda la noche —o varias veces— sobre este disco. Quizá en unos años ame lo que hoy intento rechazar y mis gustos cambien, pero hoy, cuando el mundo parece algo hipnotizado para mí, creo en las cosas simples, en la falsa fe de que algo volverá y en este disco que un amigo detective ha hecho para cumplir sus misterios.
