Un disco para morir de amor (literal)

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Texto: Adrián Gusqui | Fotos: Cortesía | Reseña finalmente autorizada por su autor.

Cuando Delfina Campos hizo PELÍCULAS PERDIDAS, debió tener el corazón destruido entre sus manos y, como si fuera un ritual, lo volvió a reconstruir con canciones que sonaban a las ruinas de un desastre.

Ahora no recuerdo cómo conocí la música de la argentina, pero sí sé que, cuando escuché Luminosidad, viajé a un lugar sin tiempo. Llegué a sus recuerdos y me quedé ahí  hasta la siguiente canción, que fue Casi Extraños, un hit que cuenta la historia de dos personas que lograron conocerse demasiado y que, de un momento a otro, se volvieron extrañas.

Estaba al frente de un pecado: el algoritmo. Lo que Spotify me había recomendado se convirtió, de a poco, en el soundtrack de todo un año. Y tal como entré a los recuerdos de canciones que jamás hice, pero sí escuché, fui mimetizándome con estas historias al cerrar los ojos, como si estuviese en Buenos Aires en una noche cualquiera, buscándome a través de letras conscientes y apabullantes que se convertían, sin permiso ni vergüenza, en serios casos de riesgo y desenfreno.

El rock de Delfina es original y está lleno de matices; me cuesta compararlo con el de alguien que juegue en la misma liga. Alguna vez intenté entender mi gusto por su música a partir de lo que hicieron Recanati o Bertoldi, pero esta artista separaba sus creaciones con un tono más callejero y voraz; ni mejor ni peor, sino más sucio, casi como alguien que pide ayuda desde el sufrimiento de sus canciones. Lo que escuché no fue un ruego de salvación, sino un llamado a que todas las ruinas del mundo llegaran de frente, como si cada historia fuera un imán de noches salvajes.

Y en PELÍCULAS PERDIDAS ese detalle está presente desde el inicio, en testigos, que, en su videoclip, desarrolla la historia de una mujer perdida en una ciudad y, a la vez, encontrándose con una salida: no volver jamás con quien no aprovechó su oportunidad. Esta figura desordenada y voraz de Campos la convierte en una imagen poderosa frente a cámara, con una canción que se va construyendo como un road trip en medio de la noche. La intención de ser la protagonista de sus propios pasos hace que esta primera canción tenga un toque exquisito de libertad y psicosis. La ciudad es universal, pero el futuro lo crea el individuo; ya no importa lo que desee el otro. De este crimen solo queda un testigo, y es uno mismo, el único al que hay que creerle en este homicidio al corazón.

malas decisiones es un lado B de testigos, para aquellos que creen en la reconciliación, aunque los traumas no hayan desaparecido jamás. Es también un corte seco de realidad, al elegir mal los caminos a pesar de que, desde lejos, ya se veían peligrosos. «Prefiero desgrabar mi cabeza, mi casete, tu amor no va a salvarme» es la respuesta final a esta lucha por no entender que lo que parece hermoso en el primer instante solo es un oasis dentro del duelo. Musicalmente es otro escape, pero no de la ciudad, sino de un cuerpo que atenaza con su falso romance. Hay canciones que son personas y otras que son un ibuprofeno; esta, por ejemplo, es toda una farmacia.

películas perdidas, single homónimo, es un recreo de la razón. No importa que no me seas sano; quiero dormir contigo, ser abrazado por tus mentiras y que la vida responda sin lógica de por medio. El guiño a Serú Girán en «y estoy parada en medio de la vida» expresa ese sentimiento de no saber hacia dónde ir y solo permanecer atento al ecosistema, como una vigilante de aquello que puede o no ser. Es una canción corta, pero necesaria para explicar que no todos los caminos tienen que ser inteligentes desde la cabeza, sino honestos desde el cuerpo y el corazón.

amor de plástico es una reverencia a lo prohibido. Muchas de las canciones tocan el tema de hacer lo incorrecto y disfrutar de ello. Habla sobre lo falso y las máscaras que presentan aquellas historias construidas solo con flashbacks irreales. En un cuadro está lo que hace bien y, en el otro, la adrenalina de un cuerpo que se miente a sí mismo. Conforme avanza el disco, podemos notar que su intención rockera disminuye, a tal punto que puede sentirse como una persona que primero corría, luego caminaba y finalmente termina arrastrándose por sentir algo una última vez. La siguiente canción será el quiebre del disco y podremos conocer el lado B de Delfina Campos, que recuerda mucho a los hits poperos por los cuales Spotify me llevó hasta ella. Por lo pronto, puedo decir que Campos es una rockera de bar y palabra clave, de esas que, aunque no sepas si dicen la verdad o mienten, encierran en sus canciones el poder crudo de sentir al máximo.

querernos bien otra vez es un momento de paz tras la onda de choque. Delfina propone una canción relajante, casi rendida a los últimos recursos de humanidad. Es esa llamada de madrugada con lágrimas de por medio; son esos rostros recién llorados que no entienden que ya no hay un camino por el cual volver. Es la argentina en su versión más delgada y ligera, donde la guerra golpea a sus víctimas mientras agonizan.

Continuamos con fumando en el sofá, una muestra coqueta de la artista que, a partir de movimientos sintéticos, nos presenta un rostro rockero y decidido, en el que Hilda Lizarazu aparece como gran invitada. En esta obra siento una oscuridad inclemente, tipo Girl Ultra y su disparo de libertad en medio de una ciudad cualquiera. Es válido decir que Delfina tiene un talento poderoso para componer, porque este concepto errático y emocional no desaparece fácilmente; simplemente no quiere, ni debe. Incluso en esta canción se respira diversión y un eco interesante de despojarse de toda la suciedad que queda encima cuando hablamos de un mal amor. Aún hay brazos abiertos para esa persona que no cuida lo entregado, pero ya se siente algo especial, como un héroe que trasciende y despierta —de una vez— para entender que, además de entregar el orgullo, también vale gritar en contra.

Es escape y está despertando el personaje oculto dentro de este disco, de una forma en la que huir es la moneda de cambio. La voz de Delfina es reconocible en cualquier lugar después de escucharla; mantiene una sensibilidad lastimera que se une a ese hosco deseo de un grito contenido. De esa forma, su dureza también es un abrazo para todos aquellos que necesitan un consejo. Para hablar de la música de Campos también tenemos que mirar nuestra cinemateca, porque el suspenso, el terror y el romance la definen en cada obra. «Es necesaria tu irracionalidad», «Nadie conoce lo que ocultás…» son pruebas de que la cantante conoce de pies a cabeza al verdugo de esta historia y se lo come vivo con cada confesión. Este es el veredicto: «No quisiera ser él».

balada para el fin del mundo es la última prueba de amor hacia alguien que ya no pertenece a nuestras manos, pero sigue pegado a la profundidad de nuestra piel. Este ruego es clave; el «quédate conmigo» o «cuando estás acá no me siento tan vulnerable» son pruebas muy claras de que la cantante lo dio todo en el disco y ninguna arma quedó sin utilizar. Su tono es ligero y tiene menos desprecio que el resto de las canciones; es un baile apretado junto al otro cuerpo, quizá con el objetivo de despedirse.

El cierre del disco llega con 500 años luz, una canción ulterior que podría sonar a otro tiempo y otra forma. Se une El príncipe idiota para conectar la voz de Delfina con un detalle susurrante, casi cabizbajo y de hoguera nocturna. Lo que escucho aquí es a una Delfina que ha trascendido, pero que nunca abandonó el dolor; solo está viendo el pasado y sus heridas desde un lugar lejano del universo, donde ya no necesita interactuar con el daño. Es una propuesta universal que va más allá de una ruptura, como si todo sonido viajara en la parte delantera de una nave espacial. El disco cierra con la lucidez de un destino donde las respuestas y el tiempo aparecen de la nada para ser entendidos fuera de contexto. Fuera de testigos, esta canción es mi favorita, porque te muestra la verdad sobre el sufrimiento, que consiste en desaparecer de él por un momento, como si encontráramos un recreo en medio de nuestra aventura humana. Además, ese rasgueo de guitarra le da un espíritu ligero e íntimo que todos necesitamos, al menos una vez, después de tantos golpes.

Delfina Campos es, en conclusión, una maestra del sufrimiento; no de aquellas que lo modelan para hacer sufrir, sino para que el otro sienta la compañía de alguien que necesitó destruir su soledad más de una vez y que, por no saber cómo hacerlo, terminó volviendo a su verdugo.

Con el paso del tiempo, mientras escribía esta reseña, caí en cuenta de que descubrí a Delfina por el algoritmo y poco supe de ella durante mucho tiempo. Pero un día sacó este disco y abandoné los hits para meterme de lleno en una serie de historias que creó para que el resto del mundo se sintiera ella más de una vez. Cuando la escucho, viajo; no a países, no a emociones: viajo a las calles y a esos momentos en los que me pongo los audífonos y quisiera que la caminata durara horas para repetir el disco obsesivamente hasta encontrar una respuesta. No es una artista mainstream, ni alcanza esos números demenciales que a veces parecen responder al talento, pero es una joya que sabe muy bien cuál es su estilo y a quién le cuenta sus historias. Es ‘una cineasta’ que hizo de sus canciones una cartelera de domingo por la tarde, donde lo mejor que puede pasar es sentirse abrazado por alguien que te entiende.

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