El prócer sin bronce

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Texto en fiebre: Adrián Gusqui | Fotos: fachada de la casa de Charly e internet

Es 23 de octubre del 2026 y Charly García cumple 75 años.

Ayer, antes de dormir, me eché en el sillón a escuchar una entrevista de Charly García y, de fondo, uno de sus discos, intentando —de alguna forma— que él me hablara en línea directa al cerebro. En dos o cinco segundos de esta travesía nocturna, me temblaron las mejillas y reí para liberar tensión. Imaginé un mundo sin Charly, sin sus imágenes del pasado, sin la seguridad de saber que aún existe, a pesar de que sus palabras sean cada vez menos.

A Charly le debo todas las deudas que tuve alguna vez y seguiré teniendo. Aunque él no lo sabe. Aunque no hay dinero de por medio. Le debo mi vida, los romances, las inquietudes y algunos espejos míos que rompí por capricho. Pasa también, que Charly me volvió un tipo ausente por mucho tiempo: no veía más allá de su horizonte. Falso es el tiempo: que este mismo me regresó a la costa de la apertura y me volví fugitivo en sus letras.

Charly García es una regla, una varita que llega a las nubes y que solo he alcanzado una vez; una chispa me gusta llamarle. Una suculenta. Cuando fui a la puerta de su casa, me tomé un café y hasta ahora intento recordar a qué sabía. Mi sonrisa era tan grande que me cerraba los ojos y yo muy inquieto, veía la puerta por el rabillo del ojo. ¡Qué cosa tan increíble! Yo les puedo decir: ¡qué cosa tan animal! La casa de Charly a mi lado, él posiblemente en un quinto sueño, un sexto piso, un noveno cielo. A nada de su piano, de sus paredes: para mí ya era suficiente. La deuda, como si fuera una peregrinación, la pagué en ese encuentro con el prócer sin bronce.

Después, Charly fue una excusa. Lo encontré en el romance, por las ganas de que sus canciones tuviesen rostro. Entonces, tuvieron labios, lenguas, rizos y ojos permanentes, hasta que, de pronto, acaricié su desorden. Yo no podía ser Charly; nadie lo puede. Pero quería sentir lo que él pedía que sintamos. El miedo, la rebeldía y un campo grande y abierto de pruebas me acorralaron en los veintes, a tal punto que aprendí que acudir a él era volver a casa con mi familia.

Eso de que un artista es un universo es un cliché. Charly es algo más que los términos comunes: su obra es igual a la expansión del infinito o el pensarse a uno mismo como una neurona más que se electrocuta. Su música, duro sudamericanismo que rompe todo, es la estela que el tiempo no puede borrar. Y entonces, masacre.

Porque los universos van a desaparecer.

Cuando el desorden no tiene nombre, Say No More. No hay tabla que corte. En las lágrimas de canciones fuertes, azules o místicas, no hay ninguna traducción.

Y cuando Charly sepa de la existencia de sus hijos no reconocidos, sus fans, sus deudores, un planeta entero habrá visto que el cuerpo flaco, alto y con manos de brujo no forma parte de los tiempos estrictos, sino de un colchón extremo que encontró descanso en el vacío. Como un vampiro desesperado en un monte de huesos.

Si una noche aparece en las noticias que los bigotes abandonan su tierra, tomaré lo que me queda de valor y les diré a los discos que me quedan, que no hay silencio mientras las agujas aprieten. También les confesaré que las circunferencias no podrán dejar sus giros, incluso si acabamos nuestra energía.

Y firmaré algo parecido a una memoria, mientras suena Charly de fondo:

(…) no conozco a nadie / quisiera verte a ti / pero es así / porque siempre estás.

Aunque no sepa a qué nave fui a parar. Por la ventana, un marciano verde que no sale más, un karma cardinal o un extraño que desconoce su condición y, de fondo, un carrusel para conseguir chicas. La ventana será la memoria que, por 75 años, tuvo la música de un sueño hecho verdad. Rostros + palabras en el peso de una lágrima.

Tendrán nombre y apellido. No serán sus únicos registros.

Yo lo llamaré Charly;
otros —sus cercanos—, García.

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