octubre 30, 2026

¿Y? si yo me llamara Diego Lorenzini

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Texto: Adrián Gusqui | Fotos: Cortesía | Reseña escrita en horas de trabajo

Diego Lorenzini dejó madurar este disco poco tiempo en los periódicos del mundo. El mío, por suerte, tenía un lunes sexy. 

Cuando escucho a Diego Lorenzini, trato de hacerlo con cuidado y muchísimo tacto, como si el solo acto de reproducir su música fuera, para mí, una mueca irrepetible. También es una ocasión, una experiencia o un momento que después no sabré cómo explicar si no es reproduciendo sus canciones.

Esto me pasa desde hace mucho tiempo, no solo desde ¿Y?, aunque recientemente tomé conciencia de ello. Cualquier canción de este disco del año pasado (2025) significa algo para mí: una calle, un viaje, una cabeza y sus varios peinados. Incluso hay algo de odio entre tantas pruebas de amor que he encontrado en cada una de sus canciones.

Esta vez tendré una opinión general, porque no sé bien cuál es la explicación individual. Todo me llega en bloque; como una serie de olas que golpean varias veces en la orilla, hasta que una de ellas es tan gigante y absurda que me ahoga y no regresa más. Entonces, nado, literal: nado o me despido. Y despedirse es ceder ante las consecuencias tristes que ¿Y? en realidad plantea evadir.

Cuando empecé a escuchar este disco en serio, es decir, después de más de diez veces en menos de dos días, noté que era el álbum más chileno que había escuchado en muchos años. El país sureño está explicado de arriba a abajo, dejando de lado cualquier idea sin territorio. Por eso, cuando escucho el disco, pienso primero en Chile, después en quién soy y hasta dónde puedo viajar por las montañas con sus sonidos breves.

Además, no solo escucho a Chile. Pienso en toda la familia que dejamos atrás y a la que en algún momento debemos regresar para reconocernos. También me es inevitable sentirme perdido en un desierto y bailar entre valles. Pienso fuerte en Talca y, aunque nunca estuve ahí, en mi cabeza ya es un pueblo del que nacen más historias que hijos. En el que los generales aún mantienen su bigote y hacer el amor todavía es un secreto entre voces.

Como verán, este disco me atraviesa como una aventura que dura lo que debe durar el entender nuestro latinoamericanismo.

A lo que vinimos

Desde que abrí ¿Y?, pensé en una mujer ficticia. Esta mujer, como un riachuelo después de una siesta, me recordó a la paz que tuve alguna vez al ver la lluvia y el sol mientras estaba muy drogado. Era Quito, pero pudo ser Buenos Aires o Santiago. Esa felicidad estaba muy clara en mi memoria, una que se sentía como un recreo de la vida, parecido a los encuentros que llegan después de llorar tanto. ¿Y? también es eso: una curita para el trauma. Sus canciones se transforman por el bien de quien las escucha y cada una de sus obras parece una fotografía de la niñez. Es música con color vintage, apagada solamente cuando se encierra en un álbum gordo y oloriento.

En La Vieja Velociraptor, por ejemplo, siento que escucho la canción que mis abuelos hicieron en el momento en que más enamorados estuvieron. Y pienso muy claramente en una fotografía mía con una chica que amaba. Y, de nuevo, este disco es un espejo. Entonces, Diego y Maite hacen una canción de cuna que bien puede ser también un intro de personaje hacia la aventura vendada. Pero no es solo una canción abandonada en la nostalgia, sino una canción atravesada por el primer hit de este disco, que es Cadáver Exquisito, una canción que se siente como la evolución de su predecesora. En ella descubrí la velocidad y su sensualidad tan pinche extraña. ¿Saben qué? Me sentí un vaquero latino. En este momento es cuando siento que el desierto me atrapó y mi única tarea es correr sin fijarme en cuánto me alejé de lo conocido. Pienso, entonces, que Diego Lorenzini es un profeta de los perdidos en el vacío y que, cuando no sé cuándo parar, él me acompaña con su música en mi ansiedad.

a ti te gusta vivir
aunque el mundo se esté derritiendo

Si algo hay en no mirar atrás, es la actitud de hacer lo que nos dé la gana.

Es broma, en serio

No es la primera vez que escribiría solo para expresar algo que tenía encerrado. Una bolita de pelos que no me saca arcadas, sino que me revuelve suspiros. Y vamos por partes para explicar este cambio de ruedas. Talasofobia, Estoy Loco y no es por ti y Es Broma, En Serio son canciones que deberían tener un título universitario. No exactamente porque sean buenas, sino porque hicieron más que mi psicóloga. Con todo el respeto a mi psicóloga, que cada vez que la veo bosteza, aunque sean las dos de la tarde. Este texto, sin embargo, no está en contra de ella. De hecho, a ella le gustarían estas canciones, porque te pueden hacer dormir con la baba pegada a la almohada y la nariz destapada. Pienso mucho que dormir y vivir tranquilos se basa en tener un corazón contento. Estas canciones son caramelitos que refrescan la garganta y se mueven por la profundidad de nuestros vientos internos hasta liberar cualquier rastro ajeno. Vida plena y deliciosa. Así lo definiré. Porque, si bien las pienso en bloque, hay una de ellas que a mí me saca de lo racional un buen rato y me transporta a un lugar donde puedo olvidar TODOS los problemas.

Es Broma, En Serio es una cosa sencillamente absurda. Deliberada. Extrema. No, no hay una palabra que todavía pueda llenar mis ganas de abrazarla. Las primeras notas que suenan me ganan, mi cara hace una mueca de no puede ser, NO PUEDE SER y esa es la mueca irrepetible que este disco encuentra. En la canción escuchamos una guerra de dos personas que avanzan de a poco entre susurros, intentando que cualquier cosa que todavía no tiene peso exista. Que, aunque ligero, el amar tenga un balance en medio de la existencia. Es decir, si bien un susurro no se escucha tan claro como un grito de amor o un gemido de placer, también puede escribirse en la historia de dos personas que se están descubriendo. Y en esta canción, la trama es como si dos personas conocieran, en el otro, el camino hacia un tesoro desconocido. Pero ese tesoro tiene monstruos: las manos mojadas, las despedidas, los abrazos apretados y los primeros besos que pueden significar lo mismo que una fotografía borrosa o un familiar olvidado. Doler y, al mismo tiempo, nada. Porque, si nada ha sido creado, nada se podrá extrañar.

Aun así, creo que la teoría positiva de que esta canción apela al calor de dos cuerpos que, a pesar del cringe, aún coexisten es la mejor y más verdadera. Es con la que yo me quedaría y que seguramente cualquier romántico bonachón (citando una conversación que tuve con un amigo) puede defender como su única bandera.

Y eso sería todo. En realidad, solo quería escribir esto sin pausas para hablar de esta canción, pero, si aún te quedaste, puedo anotar algunas canciones que me mantienen en pie tras la caída (el fin).

Lo que verdaderamente agradezco a Diego Lorenzini de este disco

Que es largo.

Que está hecho entre amigos.

Que ninguna canción se parece a la otra.

El momento donde el disco pasa a ser importante

Yo estoy sentado en un bar y comparto esta canción con alguien con la sola intención de que escuchemos la canción completa en silencio. Y que, bueno, el silencio sea ocupado por esa canción.

La canción: Es Broma, En Serio.

Estoy borracho, pero también coqueto. Luego digo dieciséis mil palabras de las que no recuerdo nada. En mi cabeza pica, mega suena y resuena esta canción con una profundidad que no puedo abandonar.

Luego, la aventura del disco va canción por canción. Y pues nada, como diría mi gran amiga María R: estoy segura de que encontrarás ese sentimiento que tanto buscas.

Solo quería citar a María R, otra fan —aún no convencida— de Diego Lorenzini.

Fin

Los créditos de esta canción son, por sí mismos, una hoja completa del cancionero. Es casi como un vuelto de monedas después de entregar un gran billete en recepción. Cada uno de sus colaboradores le da un sabor distintivo al disco, como un menú de entradas infinitas y uno que otro plato fuerte. O bueno, no hay platos fuertes, hay postres, porque, si bien la tristeza rasguña la piel de cada canción, el amor y el toqueteo se convierten, poco a poco, en dulces arrebatos de sazón.

Jorge Teillier, Princesa Alba, Maite Pizarro, Jósean Log, Chufla, Chini.png, Joaquín Lorenzini, Simón Campusano, Rosario Alfonso, Pilar Quinteros, Carlos Alberto Giardina, Rafael Yaluff, Art+Z, Leo Salinas y Nicolás Lorenzini vinieron a esta fiesta y parece que se fueron de madrugada, con Diego dormido bajo las sábanas. Lo que me gusta de estos créditos es que no todos existen en la virtualidad. Algunos pecan de anónimos para convertir un poco en mito a este disco que, desde su portada, nos muestra un baile infinito de zanahorias humanoides.

Escucha a Chile, a Diego y a algo llamado placer en este disco. Puedes llegar a él en el inicio de esta nota, si te saltaste hasta el final, o navegando por internet hasta la madrugada sudamericana. 

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