noviembre 6, 2026

“La pluma de los metaleros sigue siendo cada vez más afilada”

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Texto: Luis Fernando Fonseca | Fotos: Cristian Arturo Benavides / Archivo de Carina Acosta

Beto Zamarbide, el primer cantante del metal latinoamericano, debutó en Ecuador en 2019; recuperé esta entrevista de la época: él insiste en buscar una salida espiritual, no religiosa.

En el festival Buenos Aires Rock (B. A. Rock) de 1982 se presentó una banda que vertió mucha ira en el escenario. El cuarteto tenía nombre de motor, V8, y canciones tituladas con frases como “Parcas Sangrientas”, “Momento de Luchar” o “Brigadas Metálicas”.

Argentina vivía una dictadura militar y los cuatro tipos sobre el escenario eran Ricardo Iorio, Osvaldo Civile, Gustavo Rowek y Alberto Zamarbide. Este último, de raíces europeas, como sus compañeros, recuerda aquel episodio con más gracia que nostalgia.

De repente, en uno de los interludios, Beto puso el mástil del micrófono a un lado y llamó a pelear al asistente que lo insultaba desde el público. Iorio, con el bajo colgando de un brazo, dijo que: como no los dejan tocar más, interpretarán otro par de canciones antes de irse.

—¡Y los jipis que se mueran!— retumbó en las canchas del estadio de Obras Sanitarias.

El eco lo recibió “una de las décadas finales de un siglo convulsionado, que en Argentina tenía que ver con tiempos duros: torturas, desapariciones y la guerra contra Inglaterra, con Estados Unidos como aliado”, dice Zamarbide en Quito.

“A una cuadra del B. A. Rock, en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) había parrillas donde prendían fuego a la gente. A ese nivel estaba la dictadura y su aparataje de secuestros, los vuelos de la muerte que tiraron al mar a cuatro mil personas”.

¿Por qué insultaron a los jipis? Hubo un pacto nazi-militar con políticos que transaron para tender un manto de que “está todo bien”, de “hacer agua” pese a lo que pasaba. Entonces sale V8, Violadores, Pappo al escenario a dar un mensaje en contra de un montón de músicos que estaban −sin saberlo− siendo consecuentes con la dictadura.

El aparato del gobierno, como estrategia, infiltró gente disfrazada de jipi que decía “paz, paz”; pero nos tiraban naranjas, botellas arriba del escenario. Esos tipos no eran el jipismo de verdad. Dijimos basta porque estaban disfrazados. El jipi real en la Argentina logró una desurbanización en la que yo creo, a la que hay que buscar.

Verlo todo ahora en imágenes choca, pero teníamos a los chicos de Malvinas que habían vuelto mutilados, olvidados por la sociedad. No fueron bien recibidos y, a día de hoy, que tienen sus familias, son grandes, mantienen un alto índice de suicidios. Aún tenemos una deuda con ellos.

¿Habías hecho la milicia (la colimba)? No, zafé por incapacidad física, estaba enfermo. Presenté mis informes médicos y me salvé.

Una primera sigla: W. C.

Aunque V8 tenía una estética de metal y cuero con sonido comparable al de los británicos Mötorhead, Beto Zamarbide y el baterista Gustavo Rowek habían dado sus primeros pasos en W. C., una banda cuya influencia era Rush y Pappos’s Blues.

¿Cómo es que alguien que bebía del metal progresivo, del rock and roll termina en una banda tan dura como V8? Venía de la influencia del rock sinfónico en los setenta. Pappo’s Blues fue mi banda de cabecera, como de tantos jóvenes que gustaban del rock duro. El Reloj, Vox Dei, Aquelarre fueron bandas de un rock muy particular, que no tenía que ver con esa onda acústica, sino que era una música eléctrica, fuerte y de letra con mucho significado.

Además, Pescado Rabioso tenía una lírica fina, cuidada y Norberto “Pappo Napolitano” tradujo al rock ese acervo cultural bluesero rico de personajes como Buddy Guy, Albert Collins, B.B. King, Marion Walter, Sonny Boy… Castellanizó esa música y, como el maestro que fue, nos bajó a una Argentina turbulenta y oscura ese arte. Por eso W. C. era una banda muy volada, sinfónica pero dura, por esa fusión entre lo extranjero y lo local.

V8 sale en medio de un gobierno nazi-militar. Lo hace con una propuesta punk en cuanto a la lírica, letra pero en cuanto a lo musical era rock pesado. A medida que lo fuimos desarrollando se tranformó en un thrash medio melódico. Así fue como sucedió.

Y, luego de V8, vino Logos

El fin de los inicuos (V8, 1986) es un disco en el cual la banda pionera del metal argentino da un giro temático: de la rebeldía motoquera pasan a los mensajes espirituales en letras como “Salmo N° 58”, “Antes que los viejos reyes” o el remake de “Voy a enloquecer” al que titularon “No enloqueceré” y pusieron una letra más esperanzadora.

Luego Beto formaría Logos con dos de los exintegrantes de V8: el guitarrista Miguel Roldán y el baterista Adrián Cenci. En La Industria del poder (1993), el cantante se reafirma en la espiritualidad, pero escribiendo todas las letras, que cuestionan el poder de una “democracia moderna que, en realidad, no es democracia”.

¿Sufriste censura por creer en Dios y profesarlo ante metaleros? Tal vez de lo que sí puedo hablar es de una desconfianza de una audiencia rockera a la propuesta de Logos. La catalogaron como religiosa, cuando era todo lo contrario. Estamos en contra de la religión porque lo único que trae es un cambio estético, no profundo. Yo creo en pasar de la muerte a la vida, como en el caso mío, que empecé a estar libre de las adicciones encontrándome con mi ser interior, con quien uno verdaderamente es.

El problema es que cuando queremos ser nosotros mismos miramos el pasado que tenemos: abuso en el hogar, en la calle, la escuela donde el rockero es maltratado constantemente por la sociedad por estar en contra de todo, como un ser anticultural. Así se cae en el alcohol, las drogas, la comida, cualquiera de las adicciones que hay. Eso aleja nuestro objetivo de nosotros mismo y, a veces, nos hace encontrar lo peor. A alguien que no queremos ver, por ejemplo.

Primal, el presente y futuro

Beto Zamarbide sabe hacer vino porque su padre, de origen vasco, era enólogo. Como barítono integró el coro de cámara de Manzana de las Luces (centro de Buenos Aires). Fabricó las guitarras que usaron Osvaldo Civile (1958-1999: V8, Horcas) y Miguel Roldán, junto a un centenar de instrumentos porque fue lutier. Ya en Miami −donde vive desde 1997− estudió producción musical luego de trabajar como migrante, es decir, en muchas cosas.

¿Harás música orquestal, sinfónica en Primal? Estamos tratando de hacer eso con Primal. Tener coros, que nunca me tocaron en V8 y Logos, donde siempre canté como solista.

Ahora recuerdo que en el coro cantábamos en nahuatl, kichwa y aymara. Una letra de esta última lengua que traducida decía: “alegría del cielo, mil veces te adoraré”. Muchas de esas canciones fueron encontradas en Sucre, Cusco porque así las hicieron los grupos étnicos, originarios de Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, México.

Como estuve rodeado de frecuencias que no manejo y el trabajo coral me ayudó a enriquecer la voz, sé que el rock es un formato que contiene una gran suma de potencias. Cuerdas eléctricas y vocales sobre una tremenda base de percusión, con gran energía.

¿Qué piensas de que Ricardo Iorio (1962-2023) se haya definido como un perro cristiano? Yo me defino exactamente igual. Así era como llamaban a todos los que seguíamos a Cristo. De hecho, Dominicanus suena como Domini Canis: los Perros de Dios. Se asumía que el cristiano era un ser despreciable, era lo peor que te podían decir en Roma.

Me considero un perro cristiano porque sigo las enseñanzas de Cristo, su significado que es la unión esencial con el Universo. No lo que los religiosos hicieron de él, que era el Rey-Sol, como el que tuvieron los Incas para saber que estaban compuestos por los elementos que expulsan las estrellas.

Pero tuvieron que pasar 25 años para que volvieras pisar un escenario junto a Iorio… Nos hemos amigado con él. Habíamos peleado mucho por esas discusiones de veinteañeros, pero es un hermano en esta lucha. Para qué pelear si cuando empezamos a tocar este género, la gente pensaba que íbamos a durar meses y ya van a ser cuarenta años (sonríe), ¿entendés?.

“Habíamos peleado mucho (con Iorio) por esas discusiones de veinteañeros, pero es un hermano en esta lucha. Nos amigamos con él”

El metal no solamente que está vivo sino súper saludable. Aún hay gente que se fue al pasto y hoy se está rescatando. Tenés a un tipo que está luchando contra el cáncer, como (Dave) Mustaine y otro que está contra el alcoholismo, como (James) Hetfield. La pluma de los metaleros sigue siendo cada vez más afilada. Y acá estamos.

Hay otra cosa que hoy me alegra: que nunca transen con la política, que nunca la mezclen, loco, con la religión y el arte porque ahí es donde se jode todo. Vamos a seguir en la misma, luchando por el metal.

“Me alegra que nunca se mezclen la política con la religión y el arte porque ahí es donde se jode todo. Así vamos a seguir luchando por el metal”

¿Cómo era el guitarrista Osvaldo Civile (1958-1999)? Era un personaje muy querido, un tipo que tenía un espíritu muy infantil. Era un adulto con una mentalidad de niño en muchos aspectos. A la vez, por su historia de vida, tenía dentro una riqueza artística tan profunda que componer con él era impresionante.

“La persona más maravillosa con la que yo pude trabajar en el arte fue Osvaldo Civile. Fue un hermano metalero y lo extraño muchísimo”

Era una persona súper transparente, no tenía más que una cara. Por ahí no te gustaba, eh, pero lo que veías era lo que era. Tuvo momentos álgidos, como todos, luchas internas, pero de verdad que artísticamente fue la persona más maravillosa con la que yo pude trabajar. Fue un hermano metalero, de corazón y lo extraño muchísimo. A veces creo que lo tengo muy cerca (sonríe) o más de lo que yo creo.

En el documental Relámpago en la Oscuridad (Germán Fernández, Pablo Montllau, 2014) te plantearon qué habría pasado si V8 no se separaba en 1987… Nos hubiéramos perdido a Hermética, que es una banda fantástica. A Horcas que es una banda de thrash con letras mayúsculas. Soy fanático de “Solución suicida”, de lo que hizo Civile en esos dos primeros discos (Reinará la Tempestad y Oid mortales el grito sangrado).

Nos hubiéramos perdido a Rata Blanca, y a Logos también… Fue muy sano poder romper esa unidad porque había mucha energía, que provocó una ruptura que no fue por la plata o por las mujeres. V8 se separó por una propuesta musical, hubo problemas por el mensaje, por la dirección que iba a tomar. Eso está bueno. No fue por Yoko Ono o algo así.

¿También ocurrió eso con Logos? Fueron 20 años y terminó. Tuvo su epílogo: sigue Miguel con su banda, Cenci con su grupo y los demás muchachos también hacen una música alucinante. Todo estamos ahí dándole duro al metal.

¿Te sorprendió que los grupos evangélicos se hayan aliado y levantado a la extrema derecha en América Latina? No me extraña en absoluto. Estamos repitiendo la historia del siglo XX. Estos coletazos que vemos a diario nos muestras que repetimos fórmulas del pasado que dieron un resultado nefasto. Bolsonaro en Brasil, el partido Vox en España o la ultraderecha en Estados Unidos son algo que va de la mano de la religión, no de Dios. Es lo que sucedió en la República de Weimar: colapsada como los mercados de hoy, y donde la Iglesia Católica resurgió de las cenizas para retomar el poder durante el nazismo, con Pío XII.

Luteranos, protestantes y católicos se aliaron con Mussolini y Hitler. Una cosa ridícula pero que se repite pues en el Papado de ahora se alternaron Benedicto XVI y su antítesis, Francisco. Están conviviendo en la sede de Roma, aunque el primero era de las juventudes hitlerianas y el segundo, un peronista. Y la sociedad los replica. Esto nos indica que la salida espiritual tiene que despertar como una revolución, y todavía está dormida.

El concierto: Zamarbide se presentará con su propia banda | Sábado 7 de noviembre | 18:00 | Palace P08L Ocho

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